miércoles, 22 de enero de 2014

Random stuff


(ejercicio de desconcentración pre-clase) 

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Carrozas de luz deambulan por los aires. Las calabazas esconden la cabeza bajo la tierra. Tres perros negros ladran corazones en la barda y miran a dos gatos mudos de impotencia en el patio. Las carreteras están desiertas y las luciérnagas se fugan con calma por entre las ramas. Perras que se acurrucan como niños bajo el brazo. Bicicletas etéreas, azules y amarillas, suben montañas coronadas de queso saltierra. Todos visitan las tumbas de los ángeles muertos. Los dioses se encandilan con la luz que escapa de un puntero. Los niños creen, los adultos olvidan, los abuelos recuerdan. Las cosas que uno se encuentra se pegan a la vida inevitablemente. Dos abejas pelean salvajemente mientras la gente apuesta. Una planta sonríe por las tardes a los transeúntes. La billetera ha perdido su razón de ser. Siete pandas tomaron el palacio municipal y mataron a dos viejitas que opusieron resistencia. La lámpara hace ojos cómplices, la televisión se percata. Hay dieciocho ojos pegados a mi palma de la mano, cuatro muertes a las plantas de mis pies, cuatrocientos ochenta y tres carreras frustradas por mis letras. La felicidad es algo que se inventó en un juego como éste. Deslizarse por la tierra gozando la velocidad de tres tiempos lejanos. No se puede encontrar pecado en el placer que encuentran dos hadas lesbianas viendo a dos gnomos descuartizarse por la sola oportunidad de un beso. 




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martes, 14 de enero de 2014

De ejecuciones

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Debo creer que no estoy solo cuando digo que en estos tiempos de muertes insignificantes y tumultuarias, de asesinatos al aire libre y sin penalización, estamos acosados constantemente desde todos los frentes por una publicidad que vende la loca idea de las ejecuciones con dignidad. Por eso no es de extrañar que lo que hace algunos años veías en la pantalla grande en la escena final de Braveheart ahora se haya deformado exponencialmente y haya borrado a su paso todos los matices de un acto tan bestial. William Wallace aúlla un grito en un escena final: "freedom!", grito que se prolonga el tiempo necesario para que toda las pieles de la audiencia se pongan su traje oriental. Después de ganar varios premios y ser una de las producciones más exitosas de finales del siglo XX, Gibson, productor, director y actor de esta película, encontró en la ejecución una idea multimillonaria. Al sentido patriota ya muy explotado, el querido y antisemita Mel, agregó las historias en idioma "original" de Chisus y de un Maya en aprietos, consolidando así su lugar a la punta de la pirámide de una industria en decadencia.
     La ejecución desde el punto de vista hollywoodense siempre ha tenido algo de heroico. Pero en estos días, por estos lugares donde las reflexiones estúpidas como la mía no encuentran más sentido que en comparación con esas otras ejecuciones tan públicas como anónimas, tan llamativas como indiferentes, no cabe duda que la idea comienza a recobrar su matiz de sordidez. Sobre todo por el contraste entre estos dos tipos de ejecución, que esencialmente son el mismo, pero con una audiencia diferente. Si el héroe de Hollywood recibe desde la multitud gritos cómplices y plegarias interminables, acompañadas de ojos perfectamente acuosos que arañan empatía sobre cualquier audencia, el otro, el desconocido que pendulea bajo un puente con el alba pegando sobre su espalda provoca horror sobre aquellos que logran distinguir la silueta. Las plegarias no están presentes entonces, salvo, tal vez, en algún cuarto lejano donde algún familiar preocupado ruega a todos los santos por el regreso de ese ser inidentificable. El olvido social es inmediato y, sin embargo, la violencia se palpa en el aire y se expande contaminando de inseguridad a los transeúntes. Del cine sales aliviado, contento del final catártico del héroe, acá te asaltan las ganas de un baño caliente que limpie la suciedad de la que te niegas a ser testigo. Los finales espectaculares de las películas se discuten con enérgica alegría en las reuniones, mientras que los otros se escapan en susurros morbosos que libran batalla para ser callados. 
     La incertidumbre sólo aplica en películas de directores con nombres impronunciables, acá la incertidumbre es contagiosa. La duda asalta las mentes y las desequilibra, las transmuta en algo irreconocible de tan ordinario. Vivir con miedo llega a ser una norma pues los seudoartistas de la ejecución se toman la competencia muy en serio. Se traspapelan los roles de una producción hollywoodense a las calles, la escenografía es esencial para llamar la atención del público. La mutilación pasó de ser algo despreocupado a ser algo tan intencionalmente macabro que apabulla hasta a los forenses más experimentados. La ejecución ya no se trata de la muerte misma, si no de la capacidad para hacer sufrir al humano, ya está desnuda totalmente de todo sentido dignificante y queda, ahí, sola, en un altar autoconfeccionado de restos. Los cuerpos cargan pruebas irrefutables de una muerte lenta y miserable, completamente saturada de humillación, que no se compara en absoluto con los tres minutos de gritos censurados que aparecen en cualquier pantalla. Sin embargo, al final, el resultado siempre es el mismo en cualquier ejecución -ficcional o no-. No hay prueba más absoluta de una decadencia humana si hemos de vestirla son los trapos sucios de una dignidad olvidada.




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viernes, 3 de enero de 2014

Tres días de gripa

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Que no los engañe la sencillez, la cosa más sencilla puede hacer postrarse al hombre con una humillación sin parangones. La gripa, una reina disfrazada de peón, anda por estos días en los aires, azotando a todo transeúnte desprevenido que cruce por su camino. Experta en los avatares del tiempo, se esconde a los ojos prestos y ataca principalmente a los débiles de espíritu que tratan de engañar al frío de las madrugadas. Sus víctimas predilectas son los niños despreocupados, que corren entre cohetes como en un día de verano, los viejos, que cuentan los metros del túnel con una sonrisa imperceptible en su rostro, y los jóvenes, que pasan las horas negras entre risas, cantos, alcohol y cigarro. Ahí, cuando la noche es toqueteada lascivamente por el día, es inevitable que ella deslice sus labios sobre los tuyos, y te hipnotice y te envuelva en un sopor triste y vago. No notarás su presencia hasta unas horas más tarde, cuando sus garras arañen tu espalda y tus ojos lloren de la nada. Su sólo recuerdo destroza el pecho y perfora la garganta, artimaña que impide el grito de socorro. El sudor recuerda grandes e insufribles pasiones, producto de una alucinación ajena y seguramente falsa. La persistencia inmutable de su cortejo derrota cualquier té y brebaje que te preparan las santas de la casa, la experiencia entre ambas es incomparable. Que no te mientan, la medicina es un engaño, nadie ha logrado descifrar su contoneo. Tres días hace que detuvo sus labios sobre los míos la muy perra y tres días hace que no puedo pensar otra cosa más que en ella. Triste y alarmante, bella y cautivadora, mátenme ahora que veo su silueta.        



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viernes, 29 de noviembre de 2013

Siete grados bajo cero






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Dos cuerpos inmóviles se refugian en silencio tras las cobijas sanjuaneras, temerosos del aire que se desplaza, amenazante, acuchillando todo lo que se encuentra. Un par de ojos fijos al techo de lámina sólo adivinan otro par imitando, cómplice, tan inevitable acción. Podrían perderse en el sueño a un lugar más placentero,  pero los cuerpos vibrantes se aferran a este suplicio incombatible que azota con nombre de niño alguna costa lejana. Los labios deslavan el rojo coraje y se mueren poquito a poco decepcionados, secos de esperanza. Los minutos se alargan en horas imperceptibles, ajeno este hueco al mundo sigloveintuinero que se mueve ignorante de lo que ocurre tras esas paredes frigoríficas y letales. Un esfuerzo descomunal encuentra las manos que se abrazan con una energía tierna y ya casi fría. Las torres de humo que empañaban las ventanas de sus almas descienden por una escalera letánica al espacio de lo imperceptible. Alea iacta est.




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jueves, 28 de noviembre de 2013

PEDIR DISCULPAS

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Pedir disculpas siempre ha sido difícil para mí. La idea de retractar alguna de mis acciones me aterra, no por miedo, si no por las implicaciones que conlleva la admisión de culpa. Pareciera ser que, para el ojo poco atento, al pedir disculpas no puede haber repercusión alguna, que sólo hay un escenario donde se confirma el rechazo o bien el perdón se otorga y la felicidad se alcanza. La primera opción, sencilla y tajante, suele ocurrir pocas veces debido a los principios sobre los cuales fuimos educados; la segunda, el perdón, es la más común y, por lo tanto, la más complicada de desentrañar. El perdón, visto de lejos, parece una acción que absuelve todo “pecado” cometido. Es borrón y cuenta nueva tanto para el ofensor como para el ofendido, pero si te acercas un poco toda absolución tiene sus matices, sobre todo cuando se da en el marco de una relación amorosa, tal vez porque el amor es, sin duda, una de las construcciones ficcionales más elaboradas del mundo.  Pedir disculpas a tu pareja llega a ser un acto heroico o bien sucede con tanta frecuencia que la acción es desnudada de su sentido. En este terreno escabroso es donde se tiene que tener mayor cuidado, puesto que el ofensor queda vulnerable por algunos segundos, segundos suficientes para que el ofendido pueda asestar, con una frase cuchillenta, una tajante frase a la yugular que incapacitará indefinidamente a aquel que intenta redimirse.  Esto escapa, en la mayoría de los casos, a los  hombrecillos en ciernes que ven en la disculpa una oportunidad para abrirse “el camino” para el corazón [corazón porque la palabra que debería ir aquí, por más verdadera que sea, generalmente ofende] de ellas. Por ellos, personas de poca determinación, es que se ha ido desarrollando durante ya muchos siglos un sistema de disculpas bastante intrincando, no obstante, basado en un principio bastante sencillo al parecer: depende la cagada es el tamaño de la disculpa [regalo] que se ofrece. No falta quien haya cometido tal crimen que crea que para encontrar de nuevo la simpatía de su pareja es necesario elaborar una de esas propuestas matrimoniales tan ridículamente melosas que aturden hasta a los Ositos Cariñositos, estos son casos extremos, los que se avientan la soga al cuello. Otros, aludiendo a la practicidad del nuevo siglo, obsequian objetos útiles y, depende de la cagada, caros, como autos, teles, celulares [artefacto que, en primer lugar, los metió en el problema]. Muchos se quieren resarcir llevando a su pareja a un restaurant elegante, su poca imaginación le impide prever lo que será una escena por demás deplorable, similar sólo a la de un cachorro lastimado bajo la lluvia… La humillación pública, gloria eterna para aquel que sostiene el perdón en sus labios. Otros prefieren regalos más sencillos y truculentos, como los chocolates, arma de 10 mil filos, que puede llevar al sexo inmediato o bien resultar en una de las bofetadas más sonoras de la historia…Verán, ellas pueden inferir que tratas de decirles gordas. Otros, los más, se afilian al regalo más efectivo de la historia: las flores, flores en diferentes cantidades y olores, flores amarillas, rojas, blancas e incluso, en este tiempo de mentes desequilibradas, negras. Las flores son la forma más común de pedir disculpas, también tengo que apuntar que son lo que mejor reflejan la acción en su más puro sentido: la belleza que viste los tallos va amputada, muerta de origen y, a pesar de las adulaciones inmediatas, destinada a un marchitar rápido y visible. Por eso, y siguiendo esta verdad indiscutible, si algún día, acorralado, me veo en la obligación total de cambiar de opinión al respecto, voy a regalar un ramo de gatos muertos.




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jueves, 3 de octubre de 2013

MUTILACIONES

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Acertijos que se desprenden de tu piel y asaltan los ojos tremulosos con esa rabia que poco a poco se olvida y se almacena en capítulos oscuros de la memoria. Enigmas cuánticos de bajo relieve dispersos en la cartografía de tu abdomen provocan la duda sobre las posibles rutas del proyecto. El embrollo de tu cabello seudoamazónico y las sábanas de seda oriental se funden en un desastroso y caótico escenario, espacio perfecto para que Wagner despliegue su orquesta e invada presuntuoso los más alejados recovecos. Te contempla en la penumbra, genuinamente consternada, por un par de horas, reflexionando, analizando el esbozo incierto de las pasiones. Tú no la ves pero está postrada en una silla a medio metro, acompañada de un vaso con whisky con sirenas desvaneciendo. La actitud inmóvil de ambos se apodera de la habitación descarnada e inhibe la dulzura de los muebles antiguos y martirizados por el tiempo. De pronto un chispazo detona en esos ojos que podrían ser de cualquiera y se expande fugitivo hasta convertirse en un incendio creativo que la posesiona. No obstante, combate su instinto y se contiene, una calma exterior que contrasta con esa explosión interna. De la camisa que hurtó de ese cuerpo que yace, extrae un cigarro y lo prende para alternar con armonía la malta y el tabaco, contribuyendo plácidamente a erigir el ambiente preciso para el proceso. Uñas multicolores prensan amablemente el cristal que suda y La prohibición de amar se desliza carismática entre la densa neblina. Te contempla curiosa y posa la colilla de un último cigarro en un cenicero desbordado. Abandona el vaso a la deriva, sus sirenas han triunfado. Así sin más, femenina, se abalanza sobre ti liberando su incendio, ardida del alma, aguda con el cuchillo desenvainado. Artista a su trabajo.


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viernes, 6 de septiembre de 2013

Antes de las 10 en un viernes nublado



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Las aves salen a regañadientes de las copas de los árboles, combatiendo una brisa fría cobijada por unas nubes tristes y apagadas que esconden la promesa del sol. En las islas de los camellones se esconden los perros callejeros que, ahí, temblorosos, admiran con celos a sus pares correr y brincar sobre los charcos con la alegría y la seguridad de que sus amos los secarán al regresar a un cálido hogar. Los choques se acumulan en las calles porque la gente ignora que la lluvia es un mar desbordándose y no muestra el respeto milenario que el fenómeno se ha ganado. Los que pueden se resguardan, están acostumbrados a una vida turbia ajena de las bellezas sombrías que proporcionan los grises matices de un viernes nublado.  

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