viernes, 6 de septiembre de 2013

Antes de las 10 en un viernes nublado



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Las aves salen a regañadientes de las copas de los árboles, combatiendo una brisa fría cobijada por unas nubes tristes y apagadas que esconden la promesa del sol. En las islas de los camellones se esconden los perros callejeros que, ahí, temblorosos, admiran con celos a sus pares correr y brincar sobre los charcos con la alegría y la seguridad de que sus amos los secarán al regresar a un cálido hogar. Los choques se acumulan en las calles porque la gente ignora que la lluvia es un mar desbordándose y no muestra el respeto milenario que el fenómeno se ha ganado. Los que pueden se resguardan, están acostumbrados a una vida turbia ajena de las bellezas sombrías que proporcionan los grises matices de un viernes nublado.  

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lunes, 19 de agosto de 2013

16vo. Fragmento

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Un resquebrajadura en el silencio fue el detonador para insultos explosivos entre los comensales. A una velocidad mortal, siete parejas se lanzaban municiones verbales. Las damas demostraban los reflejos felinos propios de su raza y apabullaban sigilosamente a sus contrincantes, que yacían descalabrados sin siquiera percatarse. Sobre la mesa sucedía el barullo entre fieros enemigos atados por roles sociales. El mantel ocultaba el recorrido de una mano por una entrepierna estremecida. La mejor actuación velaba la satisfacción proporcionada por las uñas de una predadora lasciva. 

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martes, 13 de agosto de 2013

UNDERWEATHER (o reflexiones de un enfermo)




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Los sueños para mí son inalcanzables. Por lo menos lo son aquellos que trascurren cuando duermes, porque sufro, sí, sufro, de la inaccesibilidad ocasionada por la mañana. Creo que eso explica, en cierta forma, el mal humor que caracteriza todas mis actividades matutinas, cuando me rehúso a aceptar que no hay recuerdos tangibles de los sueños, las pesadillas o las fantasías. Las mañanas para mí son un momento de ebriedad no buscada, de confusión traslúcida, de un deambular entre dos mundos que me rechazan. La tediosa rutina de una vida planeada exacerba las paredes nebulosas de los cuartos por los que me desplazo. Tres veces casi hago explotar el boiler por un pestañeo demasiado prolongado, un trastabilleo inconsciente que jala hacía a la cama desamparada. El baño es un renacer obligado cuando todavía sientes las gotas sonar individualmente sobre tu cara y aparearse en una masa que te cubre y te lava, poco a poco, la vida nocturna. El baño es el primer aviso del abandono de ese lugar que, por lo que sabes, nunca has visitado. El espejo, por otra parte, es una afrenta irremediable, una mentada beligerante que te saca las mentiras por los ojos y te exprime el corazón y el alma con verdades impronunciables. Siete veces he roto un espejo, sé que mi destino está trazado por esas viejas costumbres y lo acepto como acepto que se me haya negado el derecho a los sueños. La niebla se dispersa en la calle y esa claridad invade con una levedad desesperante este hogar donde, de cuando en cuando, me paseo con los nudillos cortados. El olor a café se expande desde el pocillo azul de peltre que reposa en la hornilla prendida. Un suspiro te hace recapacitar sobre las sensaciones terrenales y, al mismo tiempo, te aleja de ese mundo que te está pariendo otra vez por casi once mil veces consecutivas. Y el calor se desliza por la garganta dejando una alegría colombiana en tus entrañas, así comienza el engaño. Tú que eres yo ya no eres el tú de la noche y los ojos cerrados, tú que pudiste ser un héroe o un asesino, un Indiana Jones o un Moriarty. Los ojos abiertos matan. El mundo se precipita con una estruendosa finitud sobre las cosas, conmoviendo los cimientos de la inteligencia. Abandonados por el mundo de lo posible y ante un terreno estéril y perceptiblemente ingrato nos encontramos atrapados con las anteojeras de la duda e incredulidad. No hay escapatoria más que en el tiempo. No hay escondite más que en las conjeturas mismas. Ya no sé si anhelo el regreso a ese otro mundo donde la locura es regla. Me disculpo, estos días nublados que alegran un corazón moribundo me ponen a reflexionar sobre situaciones sin sentido como si estuviera a punto de recibir la visa eterna para ese mundo ajeno, tan anhelado, tan irremediablemente repleto de menos alternativas. La verdad es que sufro de un simple resfriado.



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martes, 6 de agosto de 2013

Antes de las 10

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Ocurrió antes de que se pudiera desprender de la culpa de una noche agitada, llena de oscuridad, mezcales y cerveza. Una noche con tinte místico, colmada de destellos, mujeres de ojos negros y sexo. Abrió los ojos a un mundo que azota con realidades tan puras que llagan profundamente al más curtido. El sueño fue tan nulo que parecía concreto. Las lagañas nunca se formaron. La depredadora estaba ahí, colmada en todos los jugos, perdida en planes macabros que ya no lo incluían. Cruzó por su mente un asesinato. Recogió sigilosamente su ropa esparcida por la sala y escapó, como los cobardes escapan de los grandes acontecimientos. La puerta azotó al compás de las campanas de la iglesia, tallando con fuerza milenaria una culpa inexistente en ese cuerpo destrozado. Eran las siete de la mañana y los transeúntes ya se dirigían con esa prisa inexplicable a sus respectivas jaulas con salario. El sol apenas se asomaba por encima de los edificios, pero aún así obligaba a entrecerrar los párpados, mientras que la vida perforaba con sus gritos matutinos esos oídos demasiados sensibles a lo cotidiano. Huir. Refugiarse. Escapar. Caminaba buscando las sombras que ofrecieran el cobijo más fresco, su piel hervía. Intempestivamente se detuvo en una esquina, sintió que una mirada lo perforaba y giró la cabeza agotado. A lo lejos, con el cabello revuelto y un cigarro en los labios, los ojos negros lo vigilaban, acusando con calma los movimientos, mientras desarrollaba una risa burlona apenas distinguible a la distancia en la comisura de los labios. La respuesta fue apresurar los pasos, poner distancia entre su persona y la noche que lo incriminaba. Pasos seguros a pesar del tambaleo, determinación a pesar de los escalofríos. Cuadras interminables. Agonía. Reposo en los recovecos que ofrecen las ruinas de casas abandonadas. Una mano decidida a rescatar de entre los escombros una colilla de cigarro, y ese momento de alegría al encontrar una buena mitad siendo desgarrado desde las entrañas al percatarse de la ausencia total de fuego. La desesperación, el nudo en la garganta, las lagrimas combatidas con hombría. Mechones de pelo como ofrenda a ese Dios tan injustamente burlón. La prisa que obliga a derrumbarse y gatear y levantarse en un ciclo aparentemente interminable. Por fin, las puertas que se abren para todos con una gentileza hogareña. El reconocimiento de la audiencia. Los ademanes que se saben comprendidos y ordenan en silencio. Ese néctar que besa los labios dulcemente y arde por la garganta mientras recobras, poco a poco, un tantito de vida. Dos vasos que dicen que son de nada y casi te sientes recuperado, absorto en una felicidad privilegiada, con una casi sonrisa en la cara, hasta que en tu pierna sientes deslizar una mano y al girar la cara encuentras esos ojos negros que sabes bien son la muerte, tu muerte. 

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viernes, 24 de mayo de 2013

EL REMOJÓN

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El martes azotaba con contratiempos inesperados al transeúnte matutino. En el libramiento había una congestión gracias a una inoportuna señorita que pensó que era la mejor de las ideas irse maquillando mientras manejaba hacia el trabajo. Seguramente por su cabeza pasó varias veces el pensamiento “Estoy ahorrando tiempo” o bien “Multitasking… sólo las mujeres” antes de estamparse de frente contra un camión urbano. Accidente horrible que, sin embargo, no saldrá en boletín de ningún medio, porque, si lo piensas bien, sólo es otra mujer más jodiéndole la vida a millones de habitantes, “tópico común en la historia”, llegó a pensar el productor del noticiero.
Gustavo recibió ese martes de primavera con los ojos bien despiertos mientras caminaba rumbo a la parada del camión, bailando la mirada de culo en culo, o de piernas a culo, o tetas a cara y a tetas de nuevo de todas las señoritas que andaban con una prisa sensual por las cochinas aceras de la ciudad exhibiendo esas prendas que de tan ligeras parecen invisibles. La sonrisa y la bandera a media asta disimuladas por los lentes oscuros obligatorios. Y así, de repente, rompiendo el encanto de una mañana sin resaca, la lluvia. Derramamiento del cielo debería decir, porque era una lluvia inusual, encabronada. Gustavo corrió hacía un local, donde el tendero amablemente cerró las puertas en su nariz. Desconcertado, buscó refugio bajo las láminas precarias de un puesto de periódicos, donde ya había una docena de ciudadanos empaquetados como sardinas, uno más no haría diferencia, paralelismo sin movimiento del trasporte público que no llegaría a tiempo por algún choque catastrófico.

Bajo el agua todo se siente como un ente diluido. Las pieles se tocan y se reconocen mojadas. Sin embargo, ahí, bajo el puesto de periódicos, la piel de Gustavo se electrificó al roce ¿inoportuno? de esa otra piel que cubría a Rosalba. Los lentes oscuros se reconocieron como si hubieran compartido las noches bajo la luz de la misma lámpara y guardaran rencor por la estela de un argumento ya olvidado. La multitud se arremolinaba en torno al puesto de periódicos evitando cualquier posible escapatoria. Ambos empujaban hacía atrás pero la fuerza de muchos vence la voluntad de pocos y sus cuerpos peligrosamente se acercaban a una intimidad precaria. En menos de nada el latido de sus pechos tamborileaba a un descompás antinatural que exacerbaba las sensaciones. El vaho de ella lo transportó a un lugar de interminables y dulces torturas. Una temblorítica mano rozó a propósito esa otra casi muerta de miedo. Por segundos eternos continuó este devaneo, pero entonces el roce del explorador se entrelazó firmemente sobre aquella tierra insegura y débil. Y los lentes se atravesaban violentamente y los labios se acercaban retadores. Ninguno quería realmente una nueva guerra, pero las manos libres se perdían en los pechos y la entrepierna. Y siguieron los gritos de la gente ignorante y los empujones y la lluvia que violentamente terminaría de mojarlos. Ahí, en la esquina de esas calles inmundas, el camión que no llegaría nunca los dejaría desamparados, fundidos, aceite y vinagre, uno con el otro bajo el agua, asaltados por miradas, obscenas y envidiosas, de decenas de personas que no comprendían lo hermoso del relato y sólo esperaban ver más de esas tetazas esplendorosas.

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martes, 25 de diciembre de 2012

PEDAZO NAVIDEÑO


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Me intrigan aquellos seres que vierten sus sentimientos en el papel de tal forma que mueven con sus hipérboles, pequeños insultos o amoríos fugaces a las almas débiles que se desviven por pequeñeces que les son ajenas. No sé aún si me intriga más el gusto por las cursilerías o los escritos que revelan entre letra y letra un esfuerzo ridículo por impresionar a esos entes ciegos que entregan su admiración a cualquier estrella pasajera autoproclamada. Tres noches he soñado con matar a alguien. No me malentiendan, desde mi niñez he tenido pensamientos homicidas –como la mayoría de las personas cuerdas–, y, no puedo negarlo, es una de las acciones más pasionales en las que la imaginación intercede y construye mundos tangibles en todos los niveles sensoriales. Sólo que nunca había pasado con esta recurrencia. Tres noches he olido la sangre caliente que recorre blancos e hipócritas cuellos. Tres noches he escuchado los gritos desesperados resonar en mi tímpano. He visto reflejarse en los ojos de mis víctimas mis dientes amarillos e imperfectos en una sonrisa de felicidad circular. Los he matado a todos. No por un bien mayor, como se podría pensar, sino por mi propio bien, porque en mi inconsciente hay un recelo por estas almas faltas de criterio y personalidad. No voy a derrochar palabras describiendo las mutilaciones y torturas a las que sometí a estos pobres y tristes organismos. Hoy, después de limpiar mis herramientas y tirar los restos en un lugar que ya es sagrado para mí, voy a conciliar un dulce sueño lleno de muerte y desesperación que intensifique esta triste realidad que llamamos vida.  



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lunes, 26 de noviembre de 2012

Zozobra


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Durante días, las líneas de su rostro se dibujaban como un esbozo forzado por la memoria. Me hostigaban recuerdos de eventos ficticios que un yo, débil e imaginario, construyó con el fin único del no olvido. Deambulaba  por los callejones de una ciudad ajena, laberíntica y absoluta, en búsqueda de las huellas de mis zapatos. Perdido, vagaba por los rincones que albergan ánimas como la mía y, por momentos, olvidaba esa empresa absurda que la potencia intelectual del alma me había impuesto. Una nebulosa atmósfera cubría el ambiente y un velo colgaba de todos los rostros. Sentía que los años se hacían días, los días horas, las horas minutos, y todo transcurría como en un sueño de un par de dioses borrachos. Pendiente del recuerdo, mi vida. 

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