En el trabajo, invadían el salón con una personalidad impresionante; uno tenía una clase interesante y profunda –sus alumnos nunca participaban-; el otro, debatía con sus alumnos en sesiones dinámicas y entretenidas, siempre haciendo referencias a lo misógino del poeta, a lo fantástico del cuentista, etc.
De regreso a casa siempre surgía la misma conversación:
- ¿Cómo te fue hoy?
-Bien, ¿y a ti?
- Mis alumnos no participan nada, creo que no leen.
- Amor, creo que a veces no te das cuenta, el problema no es siempre de ellos, llevas 4 años con alumnos que no participan… ¿quieres una pista?
- No empieces.
Una nube de incomodidad se apropiaba del espacio en el carro, las caras delataban una mueca de coraje y una sonrisa.
La comida era rápida, siempre ordenada de antemano. La justificación: uno no podía cocinar y detestaba los experimentos culinarios del otro.
Por la noche uno dormía con pijama de franela; el otro, por costumbre, dormía desnudo. Era inevitable el azote del dieciochavo frente frío del mes de enero y ni así se atrevían a aventurarse a tener sexo. Como todos los esposos sólo podían dormir juntos.
Mujer: oie, ¿Escuchas el escándalo?
Hombre -con un pesado sueño encima-: Sí… gatos, perros … déjalos… ¿te dije que leí otra versión del gato con botas?... muy buena…
Mujer: ¡No dejan dormir con su ruido! ¿Le habló a la policía?
Hombre -tratando de ser coherente-: Déjalos, es el desestresol del viernes, trata de descansar amor, de rato se van.
La mujer -en su clásico papel de mujer- le dice: ¡Maricón! ¡Poco hombre! ¡En vez de que salgas y les rompas la madre a palazos!