sábado, 28 de febrero de 2015

Twenty4




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Las demostraciones de pasión falsa se acumulaban en el ropero de las noches, en lo que parecía una penitencia aceptada por costumbre. Rozaba las manos, discretamente, evitando los ojos quisquillosos del espejo. Las mañanas se fugaban en la rutina del escape, la puerta el objetivo, el maquillaje del disfraz desgastado. Todo para salir a recorrer las rutas con la seguridad de la memoria, esperando en secreto un descarrilamiento, un asesinato, una roja figura curvilínea contra corriente. Sonreía en las esquinas, a lo lejos, ante ambulantes ojos verdes o estrafalarios e intrigantes vestidos recortados. Se desplazaba con pasos aprendidos sólo para opacar los pensamientos libertinos del sueño ambulante, necio. La tarea inevitable de la vida aceptada. La circulación de las horas en una punching card amarillenta. La cordialidad de no romper la madre a los superiores. El piano de las letras en una composición ajena, sin alma, sin futuro. Manuscritos olvidados en cajas dentro de gigantes almacenes que sirven propósitos egoístas. Los rostros perdidos en abstracciones se alzan ciegos ante la sombra que se desliza por el laberinto abrumador azul y gris. El timbre que finge libertad suena exhortando con engaños. El peso anudado en la espalda. El sobar las aceras con las suelas, despacio, casi coquetamente. El destino: la puerta, la cama, el ropero. La alegría: rozar las manos.  




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miércoles, 7 de enero de 2015

Las noches borrosas



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El menor de los problemas es el dolor de cabeza o las ganas incontrolables de voltear el estómago o los temblores de piel de gallina en un día caluroso. La duda, pregunta que se trepa por todos estos síntomas, es lo peor. Consternación física del alma, la reconstrucción de los hechos de una noche borrosa se puede tornar en el más cruel y lento de los martirios en la resaca. Postrado en el rincón más fresco del cuarto, piel hirviente al piso, se trata, combatiendo las punzadas que torturan la sien, de encontrar el punto exacto en que todo se llegó a perder. Pueden pasar semanas o años en el proceso de reconstrucción; sin embargo, lo intentas. Los recuerdos se sobreponen, se entrecruzan, se aniquilan. El tiempo se anula, las sensaciones se intensifican, los olores regresan con asco, las risas o el llanto resuenan en un eco grave y extraño. Los iris ajenos tiemblan como los tuyos y te dibujan y siempre son inexactos. Un rompecabezas etílico. Y te reprendes por volver a pintarte en la misma escena, por lastimar el alma de una manera tan heroicamente patética. Y en un momento de calma, leve como la vida, asaltas la memoria para ingresar a ese lugar trepado hasta el techo de humo. La espesa neblina no puede negar tu asistencia. Tal vez, en algunas ocasiones, te ataque un recuerdo milimétrico de una mano cómplice sobre el muslo, y te conturbas. El vientre espasmódico revela un punto crítico y buscas entre los escombros de los recuerdos las mínimas indicaciones de un proceder errático. Hay que revisar el cuerpo por heridas, porque siempre hay heridas aunque no haya sangre. El vibrar constate del alma contenida no impide que se desarrolle un proceso detectivesco: la ropa, los zapatos, los bolsos con tickets emitidos con sumas considerables exacerban los latidos. Unos ojos felinos te atrapan y te siguen y te cazan. El peligro, etérea sensación que seduce a los borrachos. Todo se desvanece y queda el abismo, un silencio que se prolonga: la duda inquebrantable. Casi vencido, te bañas. Dejas que el agua parsimoniosa te refresque.... y te preguntas... y te preguntas. Sano e incompleto, sueles considerarlo durante unas horas o unos días pero siempre te armas y sales y recreas toda la escena con el afán de averiguar sobre esos ojos inventados, sobre esa mano soñada, sobre esas risas y esos llantos y esos lugares de las noches borrosas donde todo cambia y la única constante se encuentra al abrir los ojos y despertar en el lugar más fresco del cuarto, piel hirviendo al suelo, y los recuerdos fragmentados.  




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sábado, 27 de diciembre de 2014

FRAGMENTO



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Perder la razón sirve para atender los asuntos más banales. Amar sin tener en cuenta las consecuencias de tan irrazonable movimiento. Tres estacas de acero sobre el pecho de los amantes taciturnos. Hay constelaciones que reflejan su luz sobre el pavimento de las ciudades incendiadas. La piel sobre la que escribo se sacude la tinta por la mañana. Las alimañas de la noche son testigos poco fiables. No hay palabra que escape por los labios que no venga impregnada con algo de mentira. Querer ser perro para que alguien te acaricie, patee o abandone. Los años no justifican nada. La memoria se para sobre el alfiler de un presente inestable. La duda es una muerte pequeña, constante, que se cuela por la ventanilla de los indicios erigidos por detectives que no distinguen entre un compas y una escuadra. Los silbidos bajo la ventana son coqueteos de un elegante pasado. Unos árboles cobijando promesas que comenzaron con un beso. Las tiras de pintura se resbalan por las paredes con algo de tristeza. Los colores que chocan con el cielo se impregnan en el recuerdo. Hay personas separadas por el abismo de una almohada. Una horda de niños jugando a ser adultos, ejemplarmente, anda suelta por las calles. Las más peligrosas son las notas altisonantes que casan con palabras ambiguas, las cazas arrepentido, sin éxito. Siempre existe el problema de no tener nada que decir. La inteligencia no es para uso humano. El remordimiento de los días como sanguijuelas en el cuello. Hay que matar las ideas propias antes de que desarrollen como amenaza. La furia es mejor añejarla; el amor es mejor no cultivarlo; la decepción es siempre la única certeza. 


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lunes, 22 de diciembre de 2014

Marginales



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Hay una o dos formas de ausentarte, de ser un fantasma a los ojos de los demás, de escabullirte en las sombras de la vida, pasos con penumbra en los límites de la inconsciencia humana. La mayoría no sabe bien cómo llegó a ese lugar y hace lo posible por regresar al sendero más transitado, usual y sin sentido de la cotidianidad, pero hay otros que no soportan el mundo de la constancia y se escapan en momentos a esos espacios negros donde la negación parece ser la vía rectora. Lugares en recovecos infranqueables, en curvas al final de la calle, bajo las sombras de los árboles centenarios o tras puertas de madera desvencijada, lugares propicios que despliegan sombras densas y permiten desnudarse de las máscaras que causan el anonimato. En estos nidos degenerados, las faldas son más cortas y los cigarros interminables, se chocan risas y vasos sinceros, se callan las palabras graves y se deja a la imaginación desvanecerse en un lento fuego etéreo. Aunque hay quien se sabe mover entre los dos mundos, viajando entre productividad y perdición, sin extraviarse, la mayoría de los que se han lanzado al precipicio prefiere el refugio del ensueño, donde la duda tiembla sobre el cuerpo y las afirmaciones son imposibles, pero donde todo es más intenso y la sensualidad se desplaza con el aleteo de unas pestañas coronando unos ojos negros y el roce más mínimo de los cuerpos hace explotar la sangre con euforia. No hay nada comparable al poder seductor de la inestabilidad; sin embargo, precisamente es en estos lugares rechazados donde se establecen las mejores amistades, cómplices de lo erróneo, compañeros de un viaje sin destino. No se puede cuestionar la sinceridad de un golpe en el rostro, de una mentada de madre, de una risa sin compromiso. Una copa regalada es un presente invaluable con el cual se conducen operaciones riesgosas, cortes de bisturí en el pecho, corazones desplegados. Seres que se encuentran en los vuelcos de las noches y establecen un vínculo incorruptible entre la carrilla y las pláticas banales. Hay una o dos formas de ausentarte, pero siempre es mejor hacerlo acompañado. 



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martes, 25 de noviembre de 2014

Tradición



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Se levantó con una mirada silenciosa que la invitaba a seguirlo. Caminó unos cuantos pasos y volteó, insistente. Ella, sumergida en la plática, dudó, pero en seguida su naturaleza curiosa la puso de pie. Utilizó no recuerdo qué pretexto y comenzó a seguir la sombra entre los árboles, alejándose, paso con paso, de la fogata. A medida que avanzaba la curiosidad fue derrocada por el temor y vacilaron sus pies por un segundo; sin embargo, de un costado, una mano tomó su muñeca y en la oscuridad velada por los árboles ella reconoció el brillo de los ojos de Guillermo que, como un ser completamente inocente y seguro, obvió la señal y dejó pasar el momento sólo para dar un pequeño jalón indicándole que lo siguiera. Después, de la espesura abarrotada por las sombras musicales, se abrió un sendero, latigazo de terquedad sobre la tierra. La luna, cómplice, dibujaba los contornos con un azul violáceo. Fueron pocos minutos, pero el canto de los insectos y el crujir de las hojas ante su andar la iban anestesiando. Se preguntaba si faltaba mucho, de los destellos dorados de la fogata ya no se percibía nada, pero una presión leve en su muñeca le indicó que habían llegado, y el sendero se abrió para formar una gota de pasto. El lugar emanaba un sudor a tradiciones milenarias. De las ramas que lo circundaban, colgaban tambaleantes cientos de carrillones, campanas y tabachines, cuyas formas sólo se adivinaban a partir de su singular canto. El metal, la piedra y el vidrio desprendían pequeños destellos lunares cuando tintileaban para unirse a la orquesta nocturna. Guillermo se paró en el centro y contempló las copas negras de los árboles, cerró los ojos y tomó entre sus manos esas otras que temblaban. Un minuto eterno de luz lunar para armarse de un valor innecesario. Finalmente, abrió la boca con el fin de ofrecer su corazón, pero ella, que minutos atrás se hubiera rendido sin chistar, se adelantó y lo arrancó de un tajo de su pecho, sólo para pisarlo indiferentemente antes de volver como nerviosa luciérnaga a luz de la fogata. Él se quedó ahí, una sombra iluminada, roto. 

Sin duda, hay seres que no merecen los misterios de la oscuridad.
 


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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Mientras abren la peluquería


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Recuerdo a una figura desgarbada, por las tardes, aspirar una cobija o un suéter, como lo hacía un compañero de la universidad, cuando su novia había partido para Europa, y ver el quebrar de sus ojos por nostalgia. También tengo presente los frijoles, con ese sabor de rancho inconfundible, acompañados por tortillas tostadas y un queso fresco que a mi madre llevaban siempre al pueblo de su infancia, lugar mágico donde las risas y la platica comenzaban en el desayuno y se iban desplegando durante el día en un diálogo natural y armónico hasta que terminaban, rodeando una fogata, coronadas por un cielo inconfundible del desierto. Hay olores que son la única llave para transportar a algunos tiempos recónditos, que se refugian en los recovecos de la memoria de manera truculenta, mejores o peores, y son parte integra y definitoria de las personalidades. Yo, tengo presente el aroma del primer beso que di, bajo un par de laureles, en una calle donde los criminales seguramente hacían sus mejores atracos y donde los jóvenes, valientemente inexpertos, se atrevían a abrirse el pecho con su cuerpo; de todos los olores éste es mi preferido, también es la razón por la que maté a estos pendejos, oficial, porque ellos no tienen derecho a robar los recuerdos, a mí realmente qué chingados me importa que los árboles no dejen ver el letrero de su negocio, no deberían haberlos tumbado; usted me entiende, ¿verdad? 


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lunes, 1 de septiembre de 2014

Prólogo al fracaso


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Todo pasa en el transcurso de cinco minutos. Lo primero que ella ve son las suelas de los zapatos en el momento en que él resbala. El escenario: un banco en día de quincena. Los espectadores: irritantemente callados. Procedimiento humano: dolor se minimiza, la pena se ponencia. Una costilla rota y, sin embargo, se para resorteando con una agilidad y fuerza sólo justificables desde el subconsciente o por alguna herencia mitológica olvidada. Ella se acerca preocupada, conteniendo la carcajada detrás de una sonrisilla coqueta.  ̶ ¿Estás bien? ̶  Él duda en responder, no sabe qué es más perturbador, la punzada en su costado o la preocupación de la mujer que todavía no logra enfocar.  Un entrecortado  ̶ Sí, gracias ̶  se le escapa. Tambalea y amenaza con azotar otra vez, pero ella logra tomar su brazo.  ̶ ¿Seguro? ̶  Y otra vez el desconcierto, la ternura en el tacto, y un tímido  ̶ Sí, gracias ̶  en el momento en que ella le suelta. Los colores se empiezan a resincronizar con los objetos, los cuerpos, los rostros. Ve a la mujer de espaldas, caminando a la salida, escapando, seguramente preocupada por otro asunto más inmediato. El murmullo crece. Ahora se empiezan a escuchar las burlas, el siseo tan natural del humano. El maletín en el suelo, la gente mirando fijamente, el guardia de seguridad acercándose, pero él ignora todo por seguir hipnotizado con la estela de la falda roja y la blusa negra. Antes de cruzar la puerta, ella voltea, todavía con los labios respingados. Él levanta una mano, agradecido, y con la otra se toma el costado. Un dolor se originó ese día, y no lo dejará jamás.     


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