viernes, 26 de enero de 2018

1 1 11



*  *  *



Un año un mes y once días sin la robustez de ese pensamiento quebrando las voluntades recias de recios poetas que lloraban descobijados ante los sablazos mientras que las nenas de ojos perdidos mojaban las bragas y disfrutaban al fondo de la sala abarrotada de gritos y golpes y balazos escupidos por esos labios cobijados de canas la sangre en su rostro

una masacre

la confusión estridente del espectáculo
el teatro de payasos envalentonados
el peregrinar de rostros develados de rapiñas
rémoras literarias succionando tragos con fallidos malabares
alrededor de ese ser descomunal
que brincaba del circo al piso y del piso al circo
con la mordacidad de las palabras
y la agilidad de un genio entrenado en la destrucción y el vicio
que desde hace un año un mes y once días
es la sombra del reflejo de las barras de las cantinas de todos sus amigos


*  *  *  *

domingo, 2 de octubre de 2016

GTO



*  *  *  *

*  *  *  *  *


El zumbido de los ojos al despertar. La piel quebrada por la deshidratación. Un olor penetrante. El rezago de los tragos sobre los dientes. La inmovilidad del mundo permeando las paredes de la habitación. Una cama pequeña, de niño, que no reconoces. Una muñeca perforándote con la mirada. El incremento del tamborileo sobre las cienes. Una voluntad casi absoluta de suicidio. La cartera asaltada. El celular y sus llamadas perdidas. El acoso de la culpa. El recuerdo vago del vidrio chocando, el caminar por los callejones, las mesas y las barras y el vidrio chocando. La muñeca que juzga. Una fuerza que te pide huir. Las quejas de un cuerpo que sufre. El mareo. Avanzar por un pasillo y reconocer un rostro. Cruzar palabras. Hacer pesquisas. Indagar. Salir. Buscar a los perdidos. Tú eres el perdido. Donar dinero a Greenpeace. Un encontrado que durmió en alguna banca. La búsqueda del remedio. El sol abrazante. El tamborileo en las cienes. Un temblor corporal. Los escalofríos. La reunión de los perdidos. La asamblea en torno a los muertos marítimos. Una alegría que desentona. El asco. Voltear el estómago una y otra vez. El veneno. Las risas. Buscar un escondrijo que te reciba. Una nebulosa seductora. El tartamudeo. Los secretos contados. El vidrio chocando. Cerdos agresivos irrumpiendo. Desplazamiento etílico de las palabras. El sueño. El zumbido de los ojos al despertar.

*  *  *  *  *

*  *  *  *

miércoles, 19 de agosto de 2015

Going the distance... and hit the wall





*  *  *  *


*  *  *  *  *


Yo soy un caso particular en esto de las relaciones a distancia. Duré algún tiempo en Estados Unidos, saliendo de la prepa, cuando tenía toda la leche en proceso de entrega express, con una novia mexicana. Cuando regresé, no regresé a su lado, sino que fui a otro estado y regresaba para estar con ella todos los fines de semana. Los sacrificios, a lo lejos, no parecen nada. En ese entonces, cada fin me dedicaba a buscar aventón a la orilla del asfalto hirviendo, para treparme en las cajas de camionetas o en las cabinas de los camiones. Conocí  mucha gente así, y me contaron historias encabronadamente fenomenales. Sobre todo los camioneros, que mejor que nadie saben de las relaciones a distancia. Ellos, casi todos hombres de fe, drogadictos y maldicientes, profesaban un amor eterno por su esposa, madre de sus múltiples hijos, de quienes muchas veces tenían fotos sonrientes colgando de las paredes de ese hogar temporal que se desplaza y se aleja. Pero antes de escuchar esas historias, apenas subía al camión, guardaban silencio. Más de uno dejó pasar media hora antes de abrir la boca, y cuando lo hicieron fue para mostrar un cuchillo o una pistola que llevaban oculta en el regazo, porque, aclaraban, temían por su seguridad. Yo, de 21 años, cuando me enseñaban las armas, sentía como se me salía poquita mierda. Después de que confirmaban que yo no era una amenaza, de ningún tipo, y que sólo quería llegar a mi destino, ya fuera para ver a mi morra o para regresar a terminar la carrera, comenzaban a hablar, casi todos con una libertad que sólo se les concede a los cantineros y compañeros efímeros de las cantinas. Me invitaban cualquiera de las chingaderas que se iban metiendo, les decía que no, que lo mío era el pomo; se paraban por unas cervezas, en el mejor de los casos, o me ignoraban, la mayoría de las veces. Ahí, supe que los matrimonios eran exitosos por tres cosas: porque ganaban un chingo de dinero, porque no estaban casi nunca en casa y porque todos tenían dos o tres morras steady en el camino. Dije, pues así, quién chingados no. Efectivamente, la mayoría tenía varias familias, y a todas las mantenían, cómo, no sé realmente, el ingreso de un trailero debe tener sus límites. Eso sí, cuando les preguntaba todos respondían que su esposa era la chida, que eso decía la iglesia y su puta madre. O sea, las otras: se chingan. Si hay que llevar a alguien a los quince años, a la boda del primo, de vacaciones, tiene que ser a la esposa, con un chingo de fotos y un chingo de cheves y un chingo de amor por todos lados.
               Lo que los traileros han descifrado satisfactoriamente, queda en duda para el resto de los mortales, que viven como en esa película de Drew Barrymore y Justin Long, pensando que no se puede llevar el día a día sin saber que esa otra mitad de naranja cubierta de cursilería te está esperando en casa. Así, las relaciones a distancia, se han llenado de un cierto halo de decepción y desesperanza. Son fuente de los más feroces ataques de celos y comúnmente son la principal causa para que dos personas que se quieren y se importan se separen. Los que viven por las reglas sagradas de las relaciones, fidelidad, compromiso y la chingada, son los primeros en desistir, porque la duda, cabrona enfermedad que se trepa por cualquier comisura del inconsciente, suele destruir desde los cimientos cualquier edificio de confianza.

               Por eso, no es de extrañar un fenómeno cada vez más prolífico, las relaciones a distancia, pero sin el viaje. Puta madre, lo dije. Sí, las relaciones que presentan todos los síntomas de la separación espacial sin sufrir de ésta. Y así, sí está cabrón aun para los traileros (cómo carajos podrían tener a dos o tres familias viviendo en la misma privada, ignorando, aunque suponiendo, la existencia entre ellas). Estas relaciones a distancia, surgen por el modo desatado de vida que estos días exige, las largas jornadas de trabajo, la inevitable relación con los compañeros de la empresa, la independencia ganada de cada persona. Todo, todo se acumula en una torre que está destinada al despeñadero. Y qué aprendemos, nada. La puta madre nada, relaciones que se rompen por aquí y por allá a cada rato. Lo bueno de una verdadera relación a distancia, es que uno sabe del mal augurio desde un principio, se sabe el fracaso desde la primera despedida. Los que se resisten a esto son los que sufren, los que asumen la fatalidad la llevan más tranquila. Los que sobrellevan relaciones inmóviles, por otro lado, no saben justificar su miseria. Aunque es fácil, les falta o ganar un chingo de dinero o tener múltiples affaires discretos o emprender furtivamente otra distracción que lubrique esa relación tan significativa e importante. Porque, no nos hagamos pendejos, de todas las especies nos somos la más brillante, tal vez seamos la única que encuentra el gozo en la miseria. Y por qué no, si en una pila tristeza encontramos una chispa de felicidad, hay que aprender cómo compensar la energía pérdida en la búsqueda de alguna manera.  






*  *  *  *  *


*  *  *  *

sábado, 11 de julio de 2015

Plan para un sábado




*   *   *   *

*   *   *   *   *

Arañar la piel del torso con la punta de los labios partidos de tanto gritar verdades. Verter en un pozo profundo las nimiedades de las palabras que se escapan vanas. Cercenar las lenguas de los pastores y liberarnos de su yugo. Traicionar la moral en busca de la aventura. Descalabrar a los transeúntes con botellas arrojadas desde la ventana de un departamento. Vaciar los pulmones en alaridos que persiguen una tonada. Escalar las faldas de una cascada verdeazul en medio de la nada. Desgarrar las tripas del jaguar como declaración de principios. Sumergir en espacios saturados de vicio la mirada roja. Nadar con los dedos en fragancias adormecedoras. Probar el aire en bocanadas robadas. Enredarse con botellas en una crin azabache. Fusionar las drogas de las miradas. Con…sumir… se.


*   *   *   *   *

*   *   *   *

viernes, 3 de julio de 2015

Nightcap





*   *   *   *

*   *   *   *   *


El tiempo todo lo pervierte. Los ciclos son una invención de las mentes débiles que quieren anidar en un pasado ya putrefacto. Se justifican románticos, pero la realidad es que cuando la cama te escupe por la noche, hoy se recurre al teclado. Los que cargan pluma y vela deberían ser asesinados. Unos pasan directo a las redes sociales, otros, como yo, hoy, ahorita, empiezan la ruta en el congelador, con los cubos de hielo; en la alacena, con el whisky del estante de abajo, y con la pesquisa por los restos de cigarros en las bolsas del pantalón, en el maletín del trabajo, en el carro. Todo para sentarse en la misma silla de la que quieres escapar todos los días, sólo por la certeza de que el mismo cuadro nunca es el mismo visto a las tres de la mañana, cuando los perros se han callado. El despoblado tiene como ventaja que guarda el silencio, como si se quisiera esconder de las máquinas que avanzan tenazmente devorando. El silencio, por su lado, permite que la mente corra desaforada, para eso está el whisky que evita que el pensamiento agarre viada. ¿Para qué quiere uno los recuerdos si no hay forma fiel de retraerlos? Los muy escurridizos bastardos nunca se dejan asir, ni con trago ni con nada. Como las mujeres, se dejan apreciar un rato y después se van, contoneándose hasta el precipicio del olvido. Algunos vuelven y otros no. Los más no, los menos regresan y no cuadran, nunca cuadran. Cualquier lesión es un cambio. La memoria no las registra, perra burocrática, biblioteca de pedacería inservible, que se postula como cosa seria y necesaria y sólo es un recurso que consume mucho gasto y da pocos resultados. Porque, para ser sinceros, sólo pocas personas pueden encontrar en los ojos de una dama una mentira bien fabricada; los demás debemos padecerla por años como verdadera, todo gracias a una pequeña errata en las formas que se sometieron en ventanilla. No hay forma de quejarse. Burocracia a final de cuentas. Lamentablemente todo, siempre, es el pasado. Y aun con todos los formularios, las ideas que regresan son sólo ideas. Los labios que besaste son sólo la idea de los labios que alguna vez besaste, pero lesionados, trasgredidos. Me gustaría ser un romántico, pero el tiempo me ha enseñado que sólo son patrañas con un buen plan de mercadotecnia. Me gustaría tener una memoria perfecta, pero sólo la idea me aterroriza. Una pila de libros se congrega del lado izquierdo; del lado derecho una pila de copias jamás leídas. Torres de papel que significan nada, ideas que irán a parar al vacío. El pusilánime intento de éxito. El reto constante de escapar de lo dicho, del recuerdo, de la memoria, y el inevitable y contundente fracaso. La terquedad de vaciar en letras los pensamientos como el punto más bajo al que puede llegar un humano. Heme aquí, en el punto más bajo. Los niños y los locos son los únicos que lo tienen descifrado. Quisiera ser loco o niño o ambos. Tener la posibilidad de prender fuego a las casas y a la vida sólo por el espectáculo. 


*   *   *   *   *

*   *   *   *

martes, 23 de junio de 2015

De lo que se puede hacer




*   *   *   *


*   *   *   *   *


De los labios más secos e inexpertos, se pueden extraer con paciencia monacal los deleites más perturbadores y excéntricos. De los ojos rasgados hasta las fronteras de lo permitido, se puede vaciar el cuerpo en suspiros o anclar el alma frágil a la mirada. De los dedos de los pies, se pueden explotar, como minas, las risas. De las curvas imperfectas, se puede hacer un camino transitable, con vistas que hacen brincar los latidos. Del cabello negro y largo y ondulado, se puede trepar a los sueños. De las pantorrillas, se puede hacer un bocadillo para los gustos más exquisitos o utilizar como terreno para acampar y planificar el asedio. De los senos trémulos, se puede hacer un objetivo, una gloria, una vida. De la guerra eterna interna, se puede hacer un papalote para volar con los vientos marítimos de los motivos relevantes que se despliegan entre tus piernas. De las lágrimas y las gotas de odio que se derraman cada día, se puede llenar el corazón más saludable pero también los almacenes del olvido. De las cosas que uno imagina, se pueden pintar las paredes y las calles, los parques y los estacionamientos. De las palabras, uno puede hacer lo que se le dé la rechingada gana. De los martes…   



*   *   *   *   *


*   *   *   *

martes, 24 de marzo de 2015

El abrevadero de la imaginación



*  *  *  *

*  *  *  *  *



Yo, parásito universal de la vida, deambulo por los días cuestionando para mis adentros asuntos sin importancia. Como compañera de cartas, mi mala memoria juega burlonamente con los recuerdos imprecisos. Sin embargo, tengo muy presente que la infancia es el lugar donde la imaginación no tiene fronteras. Recuerdo, a lo lejos, y casi en un color sepia, que me solía perder en los rostros que se formaban en las vetas de la puerta de madera del baño de la casa de mis padres. Rostros de sultanes y ogros, brujas y hadas, asesinos y madrastas, que estaban ahí, certeros, indicando con cada arruga de su semblante una parte significativa de su historia. Recuerdo que por las noches, en el cuarto que compartía con mis hermanos, el faro de la acera de enfrente filtraba por las comisuras de la ventana una luz mortecina que hacía que el tirol del techo esbozara terroríficas escenas. Recuerdo esconder la mirada bajo la cobija y pensar que corría por entre las plantas de tomate en el rancho que mi madre me dijo que alguna vez tuvo el abuelo. También solía ver los caballos que, según, recibimos de obsequio, el mío era un alazán con una mancha blanca en la frente. Recuerdo, vagamente, el crispar de la piel cuando tenía que ir al baño en la madrugada y el reflejo nocturno de algún vidrio me impedía vislumbrar del otro lado a algún posible y burdo atacante. Dormía, es claro el motivo, con una navaja de bolsillo bajo la almohada -siempre pensé que mi hermano menor tenía mejor temple para usarla, ahora ya no sé, he cambiado-.
Mucho antes, apenas en el comienzo de la cordura, solía construir casas de lodo, madera y piedras en los recovecos del patio para que las criaturas que ahí vivían tuvieran un hogar apropiado, si ya no existen estos seres es porque éstas se derrumbaron. Mi padre, espécimen raro entre los humanos, fomentaba las inquietudes creativas y surrealistas de esta etapa tempranera con una pila de pedazos de madera y unos clavos. Mamá se preocupaba por los dedos hinchados y por las lágrimas inevitables, lo cual sin duda fue frecuente y provocó más de un desacuerdo  pero, al final, ambos se reconfortaban al ver las sonrisas que provocaban los castillos, las fortalezas y las carreteras de 10 pisos para los carros que eran fichas de refresco oxidadas. Entre los destellos que me deja entrever la memoria, rodeado de pellizcos a estos cachetes que no disminuyen de tamaño, recuerdo que había casas que olían a huevo y otras que tenían los elementos necesarios para que los Grimm las describieran en sus páginas. Había una casa, entre todas éstas, casi tan vieja como la dueña, que tenía pasillos estrechos e interminables, oscuros y húmedos, con muebles de madera heredados por generaciones. En el corredor principal había un tocador cuyo espejo estaba decorado con rostros tan angelicales que en la penumbra daban miedo –todo lo bueno a media luz se pone en sospecha y todo ahí se encontraba entre sombras–; múltiples mesas de café, provistas de figurillas de porcelana de los temas más variados (payasos, bailarinas, campesinos); decenas de sillas y bancos que servían para todo excepto para tomar descanso; espejos desteñidos y amarillentos reflejaban los ojos sin vida de los retratos colgados; las pesadas cortinas se desplomaban hasta el suelo y emanaban un polvillo fino y alérgico; al fondo, como pieza principal, se encontraba una silla con un respaldo de un metro, de bordes rectos, como aquellas en las que electrocutan a los presos en las películas. Casi no recuerdo nada de esa casa, porque todo me daba miedo. No obstante, fueron los privilegios de la inocencia los que me permitieron creer  con fervor en el hombre misterioso, posible asesino y ladrón, que nos asustaba en casa de la abuela y que me recordaba en cierto sentido al personaje principal de una de las historietas que solía comprar llamada Fantomas. El perpetrador resultó ser una estrategia de castigo improvisada por el ingenio femenino que nos cuidaba por las tardes. “Juego de manos es de villanos, cálmense o va a venir el hombre de la capa”, se oía desde el fondo de la casona con una voz dulce pero firme. Después, con los años, los primeros involucrados admitieron que toda esa historia (que mis tíos ya habían relacionado con un hombre que cortejaba a una tía abuela de alto linaje, con un amorío no consumado, un engaño, una decepción y con la historia del tesoro lapidado en las paredes del baño)  se originó  en verdad sólo por una combinación que incluía una cortina movida descaradamente por el viento, la noche y el miedo que todo lo desconocido produce en unos ojos poco preparados. Los años y la experiencia son asesinos naturales de los sueños.
¿Quién no imaginaba una historia de proporciones descomunales con el simple aleteo de una hoja de árbol, o con la silueta de éste, o de una nube, o de las formas irregulares de los mosaicos que se desplegaban bajo las suelas de los zapatos? Todos los sentidos estaban en disposición absoluta de la imaginación. Sin embargo, crecer cada vez requiere menos años y este privilegio muere poco a poco cuando llega la pubertad y los objetivos son más carnales, más prácticos. Ya no se construyen horizontes con cascadas interminables y montañas coronadas por míticas criaturas; en cambio, se esbozan curvas blancas, muslos cálidos, bocas rojas y sensuales. Ya no se trepan árboles interminables y se plática con seres extraños de fisonomía inclasificada; se erigen planes y estrategias soporíferas, por verdaderas. La selva interminable de la infancia se comienza a talar para dar paso al pastoreo y el cultivo agrario. Una pérdida infranqueable, debo decir. Es por eso que de los adultos, los más extraños son aquellos que pueden viajar sin boleto y sin reservación, a cualquier lado y en cualquier momento, con un solo pestañeo de la mente. Hay otros, distribuidos con cierta escasez en el globo, que disimulan una normalidad ajena, probada y aprobada, para no desplazarse mucho tiempo del espacio que ocupa su cuerpo; viven, tristemente, negando el privilegio que gozan. Más comunes, son aquellos seres explotados que trabajan día y noche tras los rastros de otros exploradores, empecinados con una ruta que creen viable, armados con picos y palas y machetes; hay quien carga brújula, hay quien lleva mapa, hay quien confía en las estrellas y aquellos que se salen del sendero a propósito; su escualidez, en muchos sentidos, no niega su espíritu aventurero. El resto vive de las migajas que estos últimos producen; son, por desgracia, los más comunes y van por la vida anhelando cosas ajenas, soñando casas vistas en televisión, buscando príncipes azules, gallardos y sinceros que montan Ferraris, y princesas de vestido rosa, con el himen intacto y la gracia incuestionable, que se promocionan en los canales nacionales; son los carroñeros de la imaginación.  Hoy en día, lamentablemente, hemos logrado alejarnos hacia una pantalla dictadora de emociones. Fantasías reales, les llaman los cibernautas; barrotes especializados, les llamo yo. La fuga es cada vez más improbable. El método se hace cada vez menos accesible. Las ganas casi nulas. La infancia, espacio protegido, fue puesta descarnadamente a la venta, y hoy se puede apostar con ventaja a que no hay salvación.





*  *  *  *  *


*  *  *  *

sábado, 28 de febrero de 2015

Twenty4




*  *  *  *



*  *  *  *  *


Las demostraciones de pasión falsa se acumulaban en el ropero de las noches, en lo que parecía una penitencia aceptada por costumbre. Rozaba las manos, discretamente, evitando los ojos quisquillosos del espejo. Las mañanas se fugaban en la rutina del escape, la puerta el objetivo, el maquillaje del disfraz desgastado. Todo para salir a recorrer las rutas con la seguridad de la memoria, esperando en secreto un descarrilamiento, un asesinato, una roja figura curvilínea contra corriente. Sonreía en las esquinas, a lo lejos, ante ambulantes ojos verdes o estrafalarios e intrigantes vestidos recortados. Se desplazaba con pasos aprendidos sólo para opacar los pensamientos libertinos del sueño ambulante, necio. La tarea inevitable de la vida aceptada. La circulación de las horas en una punching card amarillenta. La cordialidad de no romper la madre a los superiores. El piano de las letras en una composición ajena, sin alma, sin futuro. Manuscritos olvidados en cajas dentro de gigantes almacenes que sirven propósitos egoístas. Los rostros perdidos en abstracciones se alzan ciegos ante la sombra que se desliza por el laberinto abrumador azul y gris. El timbre que finge libertad suena exhortando con engaños. El peso anudado en la espalda. El sobar las aceras con las suelas, despacio, casi coquetamente. El destino: la puerta, la cama, el ropero. La alegría: rozar las manos.  




*  *  *  *  *



*  *  *  *

miércoles, 7 de enero de 2015

Las noches borrosas



*  *  *  *


*  *  *  *  *

El menor de los problemas es el dolor de cabeza o las ganas incontrolables de voltear el estómago o los temblores de piel de gallina en un día caluroso. La duda, pregunta que se trepa por todos estos síntomas, es lo peor. Consternación física del alma, la reconstrucción de los hechos de una noche borrosa se puede tornar en el más cruel y lento de los martirios en la resaca. Postrado en el rincón más fresco del cuarto, piel hirviente al piso, se trata, combatiendo las punzadas que torturan la sien, de encontrar el punto exacto en que todo se llegó a perder. Pueden pasar semanas o años en el proceso de reconstrucción; sin embargo, lo intentas. Los recuerdos se sobreponen, se entrecruzan, se aniquilan. El tiempo se anula, las sensaciones se intensifican, los olores regresan con asco, las risas o el llanto resuenan en un eco grave y extraño. Los iris ajenos tiemblan como los tuyos y te dibujan y siempre son inexactos. Un rompecabezas etílico. Y te reprendes por volver a pintarte en la misma escena, por lastimar el alma de una manera tan heroicamente patética. Y en un momento de calma, leve como la vida, asaltas la memoria para ingresar a ese lugar trepado hasta el techo de humo. La espesa neblina no puede negar tu asistencia. Tal vez, en algunas ocasiones, te ataque un recuerdo milimétrico de una mano cómplice sobre el muslo, y te conturbas. El vientre espasmódico revela un punto crítico y buscas entre los escombros de los recuerdos las mínimas indicaciones de un proceder errático. Hay que revisar el cuerpo por heridas, porque siempre hay heridas aunque no haya sangre. El vibrar constate del alma contenida no impide que se desarrolle un proceso detectivesco: la ropa, los zapatos, los bolsos con tickets emitidos con sumas considerables exacerban los latidos. Unos ojos felinos te atrapan y te siguen y te cazan. El peligro, etérea sensación que seduce a los borrachos. Todo se desvanece y queda el abismo, un silencio que se prolonga: la duda inquebrantable. Casi vencido, te bañas. Dejas que el agua parsimoniosa te refresque.... y te preguntas... y te preguntas. Sano e incompleto, sueles considerarlo durante unas horas o unos días pero siempre te armas y sales y recreas toda la escena con el afán de averiguar sobre esos ojos inventados, sobre esa mano soñada, sobre esas risas y esos llantos y esos lugares de las noches borrosas donde todo cambia y la única constante se encuentra al abrir los ojos y despertar en el lugar más fresco del cuarto, piel hirviendo al suelo, y los recuerdos fragmentados.  




*  *  *  *  *


*  *  *  *

sábado, 27 de diciembre de 2014

FRAGMENTO



*  *  *  *

*  *  *  *  *

Perder la razón sirve para atender los asuntos más banales. Amar sin tener en cuenta las consecuencias de tan irrazonable movimiento. Tres estacas de acero sobre el pecho de los amantes taciturnos. Hay constelaciones que reflejan su luz sobre el pavimento de las ciudades incendiadas. La piel sobre la que escribo se sacude la tinta por la mañana. Las alimañas de la noche son testigos poco fiables. No hay palabra que escape por los labios que no venga impregnada con algo de mentira. Querer ser perro para que alguien te acaricie, patee o abandone. Los años no justifican nada. La memoria se para sobre el alfiler de un presente inestable. La duda es una muerte pequeña, constante, que se cuela por la ventanilla de los indicios erigidos por detectives que no distinguen entre un compas y una escuadra. Los silbidos bajo la ventana son coqueteos de un elegante pasado. Unos árboles cobijando promesas que comenzaron con un beso. Las tiras de pintura se resbalan por las paredes con algo de tristeza. Los colores que chocan con el cielo se impregnan en el recuerdo. Hay personas separadas por el abismo de una almohada. Una horda de niños jugando a ser adultos, ejemplarmente, anda suelta por las calles. Las más peligrosas son las notas altisonantes que casan con palabras ambiguas, las cazas arrepentido, sin éxito. Siempre existe el problema de no tener nada que decir. La inteligencia no es para uso humano. El remordimiento de los días como sanguijuelas en el cuello. Hay que matar las ideas propias antes de que desarrollen como amenaza. La furia es mejor añejarla; el amor es mejor no cultivarlo; la decepción es siempre la única certeza. 


*  *  *  *  *

*  *  *  *

lunes, 22 de diciembre de 2014

Marginales



*  *  *  *


*  *  *  *  *


Hay una o dos formas de ausentarte, de ser un fantasma a los ojos de los demás, de escabullirte en las sombras de la vida, pasos con penumbra en los límites de la inconsciencia humana. La mayoría no sabe bien cómo llegó a ese lugar y hace lo posible por regresar al sendero más transitado, usual y sin sentido de la cotidianidad, pero hay otros que no soportan el mundo de la constancia y se escapan en momentos a esos espacios negros donde la negación parece ser la vía rectora. Lugares en recovecos infranqueables, en curvas al final de la calle, bajo las sombras de los árboles centenarios o tras puertas de madera desvencijada, lugares propicios que despliegan sombras densas y permiten desnudarse de las máscaras que causan el anonimato. En estos nidos degenerados, las faldas son más cortas y los cigarros interminables, se chocan risas y vasos sinceros, se callan las palabras graves y se deja a la imaginación desvanecerse en un lento fuego etéreo. Aunque hay quien se sabe mover entre los dos mundos, viajando entre productividad y perdición, sin extraviarse, la mayoría de los que se han lanzado al precipicio prefiere el refugio del ensueño, donde la duda tiembla sobre el cuerpo y las afirmaciones son imposibles, pero donde todo es más intenso y la sensualidad se desplaza con el aleteo de unas pestañas coronando unos ojos negros y el roce más mínimo de los cuerpos hace explotar la sangre con euforia. No hay nada comparable al poder seductor de la inestabilidad; sin embargo, precisamente es en estos lugares rechazados donde se establecen las mejores amistades, cómplices de lo erróneo, compañeros de un viaje sin destino. No se puede cuestionar la sinceridad de un golpe en el rostro, de una mentada de madre, de una risa sin compromiso. Una copa regalada es un presente invaluable con el cual se conducen operaciones riesgosas, cortes de bisturí en el pecho, corazones desplegados. Seres que se encuentran en los vuelcos de las noches y establecen un vínculo incorruptible entre la carrilla y las pláticas banales. Hay una o dos formas de ausentarte, pero siempre es mejor hacerlo acompañado. 



*  *  *  *  *


*  *  *  *

martes, 25 de noviembre de 2014

Tradición



*  *  *  *


*  *  *  *  *


Se levantó con una mirada silenciosa que la invitaba a seguirlo. Caminó unos cuantos pasos y volteó, insistente. Ella, sumergida en la plática, dudó, pero en seguida su naturaleza curiosa la puso de pie. Utilizó no recuerdo qué pretexto y comenzó a seguir la sombra entre los árboles, alejándose, paso con paso, de la fogata. A medida que avanzaba la curiosidad fue derrocada por el temor y vacilaron sus pies por un segundo; sin embargo, de un costado, una mano tomó su muñeca y en la oscuridad velada por los árboles ella reconoció el brillo de los ojos de Guillermo que, como un ser completamente inocente y seguro, obvió la señal y dejó pasar el momento sólo para dar un pequeño jalón indicándole que lo siguiera. Después, de la espesura abarrotada por las sombras musicales, se abrió un sendero, latigazo de terquedad sobre la tierra. La luna, cómplice, dibujaba los contornos con un azul violáceo. Fueron pocos minutos, pero el canto de los insectos y el crujir de las hojas ante su andar la iban anestesiando. Se preguntaba si faltaba mucho, de los destellos dorados de la fogata ya no se percibía nada, pero una presión leve en su muñeca le indicó que habían llegado, y el sendero se abrió para formar una gota de pasto. El lugar emanaba un sudor a tradiciones milenarias. De las ramas que lo circundaban, colgaban tambaleantes cientos de carrillones, campanas y tabachines, cuyas formas sólo se adivinaban a partir de su singular canto. El metal, la piedra y el vidrio desprendían pequeños destellos lunares cuando tintileaban para unirse a la orquesta nocturna. Guillermo se paró en el centro y contempló las copas negras de los árboles, cerró los ojos y tomó entre sus manos esas otras que temblaban. Un minuto eterno de luz lunar para armarse de un valor innecesario. Finalmente, abrió la boca con el fin de ofrecer su corazón, pero ella, que minutos atrás se hubiera rendido sin chistar, se adelantó y lo arrancó de un tajo de su pecho, sólo para pisarlo indiferentemente antes de volver como nerviosa luciérnaga a luz de la fogata. Él se quedó ahí, una sombra iluminada, roto. 

Sin duda, hay seres que no merecen los misterios de la oscuridad.
 


*  *  *  *  *


*  *  *  *

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Mientras abren la peluquería


*  *  *  *

*  *  *  *  *


Recuerdo a una figura desgarbada, por las tardes, aspirar una cobija o un suéter, como lo hacía un compañero de la universidad, cuando su novia había partido para Europa, y ver el quebrar de sus ojos por nostalgia. También tengo presente los frijoles, con ese sabor de rancho inconfundible, acompañados por tortillas tostadas y un queso fresco que a mi madre llevaban siempre al pueblo de su infancia, lugar mágico donde las risas y la platica comenzaban en el desayuno y se iban desplegando durante el día en un diálogo natural y armónico hasta que terminaban, rodeando una fogata, coronadas por un cielo inconfundible del desierto. Hay olores que son la única llave para transportar a algunos tiempos recónditos, que se refugian en los recovecos de la memoria de manera truculenta, mejores o peores, y son parte integra y definitoria de las personalidades. Yo, tengo presente el aroma del primer beso que di, bajo un par de laureles, en una calle donde los criminales seguramente hacían sus mejores atracos y donde los jóvenes, valientemente inexpertos, se atrevían a abrirse el pecho con su cuerpo; de todos los olores éste es mi preferido, también es la razón por la que maté a estos pendejos, oficial, porque ellos no tienen derecho a robar los recuerdos, a mí realmente qué chingados me importa que los árboles no dejen ver el letrero de su negocio, no deberían haberlos tumbado; usted me entiende, ¿verdad? 


*  *  *  *  *

*  *  *  *

lunes, 1 de septiembre de 2014

Prólogo al fracaso


*  *  *  *

*  *  *  *  *

Todo pasa en el transcurso de cinco minutos. Lo primero que ella ve son las suelas de los zapatos en el momento en que él resbala. El escenario: un banco en día de quincena. Los espectadores: irritantemente callados. Procedimiento humano: dolor se minimiza, la pena se ponencia. Una costilla rota y, sin embargo, se para resorteando con una agilidad y fuerza sólo justificables desde el subconsciente o por alguna herencia mitológica olvidada. Ella se acerca preocupada, conteniendo la carcajada detrás de una sonrisilla coqueta.  ̶ ¿Estás bien? ̶  Él duda en responder, no sabe qué es más perturbador, la punzada en su costado o la preocupación de la mujer que todavía no logra enfocar.  Un entrecortado  ̶ Sí, gracias ̶  se le escapa. Tambalea y amenaza con azotar otra vez, pero ella logra tomar su brazo.  ̶ ¿Seguro? ̶  Y otra vez el desconcierto, la ternura en el tacto, y un tímido  ̶ Sí, gracias ̶  en el momento en que ella le suelta. Los colores se empiezan a resincronizar con los objetos, los cuerpos, los rostros. Ve a la mujer de espaldas, caminando a la salida, escapando, seguramente preocupada por otro asunto más inmediato. El murmullo crece. Ahora se empiezan a escuchar las burlas, el siseo tan natural del humano. El maletín en el suelo, la gente mirando fijamente, el guardia de seguridad acercándose, pero él ignora todo por seguir hipnotizado con la estela de la falda roja y la blusa negra. Antes de cruzar la puerta, ella voltea, todavía con los labios respingados. Él levanta una mano, agradecido, y con la otra se toma el costado. Un dolor se originó ese día, y no lo dejará jamás.     


*  *  *  *  *

*  *  *  *

martes, 24 de junio de 2014

¿Por qué?



*  *  *  *


*  *  *  *  *



El agua le caía fría en la cabeza. Estaba todavía en un estado onírico inducido por los tragos de la noche anterior y otras tantas cosas a las que la borrachera inevitablemente lo conduce. Una mueca grotesca se dibujaba en su rostro gracias a la caricia empática del líquido. Se echó al suelo para tapar con su cuerpo la alcantarilla y elevar un poco el nivel del agua. Era un niño divirtiéndose y salvándose del infierno de su cuerpo. Los temblores y el asco no eran tan violentos ahí, recostado y sumergido. El baño no tenía cortina, pero era antiguo y tenía los bordes demasiado altos, como si los arquitectos de otros tiempos se dedicaran a matar ancianos con poca suerte y equilibrio. Ladeado, podía contemplar la taza del baño, que ocultaba un estado deplorable en esos rincones que nadie suele observar, pero perfectamente limpia desde otros ángulos. Pensó –así los humanos- y las horcajadas casi lo vencen. Rió cuando no. Observo con cierta repulsión, pero sin duda con deseo, la cuchara humeada que se retorcía ahí, en el suelo, violada tantas veces que la memoria ya ni le servía. Se estremeció. Cerró los ojos para otros tiempos, ajenos a la amargura de las noches, donde los ojos de ellos se enternecían a su llegada. Ahí se mantuvo varias escenas compartiendo la comida o el espacio bajo las cobijas en días de invierno, chocolate caliente y películas; siete amaneceres de gritos de sorpresa y preguntas sobre Santa; entrelazando las manos y contemplando los vestidos ampones de las jóvenes y el cortejo tímido de los muchachos en la tardes de paseo por el jardín del barrio, donde las risas de los niños se columpian con un gusto incomparable; los guiños coquetos de ella, cuando visitaba a sus padres que la aborrecían porque lo llevaba flotando por los días; las noches interminables del entendimiento vital de las bocas y los cuerpos. Una mueca de agradecimiento se descomponía en largas y turbulentas horcajadas y los gritos y los temblores y la desesperación y el madrazo del mundo real al expulsar la bilis dolorosa. Con un esfuerzo descomunal logra levantarse, como tantos otros días, sucio de sí y de su condena, atacado por imágenes que no puede parar y que lo latiguean sin misericordia, todas en un mismo y confuso tatuaje mental del día que no hubo gritos cuando llegó del trabajo sino silencio, y las paredes entintadas de violencia y la sensación de todo su ser romperse y dejar de ser para ser otro que se anda por la vida reflexionando la triste pregunta. 



*  *  *  *  *


*  *  *  *

jueves, 12 de junio de 2014

Del encabronamiento y otros males





*  *  *  *

*  *  *  *  *



No existe sobre la faz de la tierra, y en la historia de la humanidad, alguien que no se haya encabronado, decir lo contrario sería una mentira ingenua, incluso para aquellos devotos de la serenidad del alma que se aíslan del aire mordaz del mundo en los más recónditos lugares. Los niveles de encabronamiento son una gama compleja, con matices evidentes o imperceptibles, graduales o exponenciales, parte de una formulación que borda en lo incomprensible. Sin embargo, uno sabe que el temple de una persona es directamente proporcional a su forma de encabronar, y de todos los guiños que poseemos es precisamente éste el que revela más. Por ahí, algunos, van difundiendo otras teorías, relacionadas con procedimientos ridículos como el enamoramiento y otras cursilerías más propias de un salón lleno de quinceañeras que de una reflexión veraz. El encabronamiento es inherente al humano, el enamoramiento no. La relación es tan fuerte que sobrepasa a cualquier otro comportamiento, sobre todo cuando el perpetrador se abalanza con un chuchillo y la sinrazón de su lado.
            No se puede esperar nada de una persona encabronada, y, sin embargo, al enfrentárseles se deben averiguar todas las salidas de emergencia, pues son capaces de absolutamente todo. El encabronado ataca, no se confundan. El que grita y camina hacia atrás es un pusilánime de la peor clase. Experimentan el grado de encabronamiento más alto aquellos que pierden la consciencia. Esos que vacían los puños ante un rostro indefenso, sin importar la sangre, la mirada asustada, las consecuencias, las represalias. Los que abren del pecho hachas, cuchillos y balazos. Uno de estos encabronados debe aniquilar una vez prendida la mecha y nunca lo verás andar a medias tintas. Ni la compasión ni la empatía tienen registro en sus acciones. Son chingones, pero momentáneos. Son los perros en el reino de la ira. También son el polo opuesto de aquellos cuya pólvora salió defectuosa, de los que se encabronan por dos segundos y después olvidan. Personas faltas de rencor y autoestima. A la hoguera con ellos, que regresen a donde pertenecen lo antes posible.
            Entre estos polos tan opuestos, existe una variedad de matices interesantes: están los seres arrepentidos, que sueltan el filerazo y conducen el herido a emergencias. No se les puede encomendar tarea alguna, por irresolutos; están aquellas personas que amenazan con matar a tu familia y envenenar a tus perros porque te estacionaste en el lugar equivocado, porque les echaste una mirada rara o porque una mosca se posó en su plato. Es de sentido común empacar y poner los pies en polvorosa cuando te topas con alguno de éstos, o bien, tomar la dirección que yo creo correcta: romperles su madre por mamones, porque si gritan mucho y pegan poco sólo reflejan un mal manejo del encabronamiento, es decir, son seres débiles desde las rodillas y se delatan al tratar de no aparentarlo; hay otros, seres de explosión controlada, seres que suministran ráfagas de veneno calibre .22 cada día. Son los que se saben encabronados y letales. No pueden contener su ira, así que deambulan los días haciendo la vida de los demás miserable, son seres incomprendidos y marginados, que ahogan en lo que pueden al mismo mundo que los repele; inclusive, hay formas de encabronamiento cuyo matiz es socialmente aprobado, como la indignación, que llevada al extremo es una de las fórmulas más peligrosas de la tabla y también, a sabiendas la más explotada desde tiempos memoriales.
       No obstante, a pesar de los múltiples matices de esta compleja gama, de todos los tipos de encabronamiento, admiro, con creces, uno: el encabronamiento sutilmente contenido, casi imperceptible. El que recibe un ataque y responde a dosis letales y contundentes, suministradas por días o años. Una suerte de venganza, destructiva, pero indiferente. Veneno puro en vez de sangre. Las personas que caracteriza son los que gobiernan el reino de la ira, pero se desenvuelven a la perfección en cualquiera de sus estados. No inmutan para brincar del asesinato al llanto. Su rostro refleja nada, una mentira, la mentira con la que están dispuestos a alimentarte. Sólo un ser inteligente y frío puede manejar un encabronamiento de este estilo y sólo una persona aguda podría descifrarlo con el correr de los años. Al parecer, es sistemático y utiliza todas las máscaras de la hipocresía. Un maestro te enamorará, como los ridículos piensan, con tal de aplastarte. Otros, menos ambiciosos, van dejando cuerpos a la orilla de la carretera, anónimos, sin cara.  Es el más alto de los rangos del encabronamiento, prohibido para los seres de menor tonelaje incapaces de construir una telaraña tan infranqueable y mortal. Es por eso que su naturaleza siempre será femenina y envidiable.





*  *  *  *  *

*  *  *  *

martes, 10 de junio de 2014

Sobre posesiones



*  *  *  *

*  *  *  *  *


Se fracasa todos los días, eso es incuestionable. No obstante, la forma de lidiar con el fracaso es muy diferente en cada persona: para algunos el fracaso es una cuestión de lamento, otros aprovechan cada caída para explotar su comercio, algunos están tan familiarizados a su trato que lo acogen como hermano y para otros parece imperceptible en la balanza de los hechos. Estos últimos, los triunfadores, cuando caen, golpean el suelo de manera tan fuerte que la mancha de sangre que queda en su alma es imborrable, tan implacable es el impacto que una vez que regresan a su estado natural algo les susurra al oído por las noches quitándoles el sueño. A los primeros, los que se quejan miserablemente ante cada obstáculo, por mínimo que sea, deberían aniquilarlos, por cobardes. Por otro lado, los paparazzi de la desgracia, a mi parecer, son los seres más despreciables sobre el planeta. Hay que ser un ser vil para ofrecer sólo un flashazo a alguien que necesita agua, o pan, o una mano, o un abrazo. Todos ellos son ajenos al fracaso, le temen o lo explotan desde la distancia.
Ahora bien, de todas las especies que el hombre ha engendrado, los que valen la pena, son aquellos que han establecido con el fracaso una forma de vida. Una especie de pacto. Una simbiosis amarga. Los que se desenvuelven en la sombra de los altos edificios, cobijados por harapos que pertenecieron a las generaciones de otras familias, seres de luz que rompen el esquema de una sociedad absurda y que esconden las llagas de sus derrotas en el silencio de una botella o en el silencio absoluto de una soledad impostada. Aquellos que se duermen a la luz de una fogata, arrullados por una canción que su madre escuchó de su madre y ella de su abuela, y así interminablemente, mientras el caldo de piedra despide un olor que tiene la esperanza viva y el estómago vacío. Los que confrontan el asfalto ardiente con la carne viva de su cuerpo y no chistan por un solo segundo. Los que viven hasta con la voz rota de tanto esfuerzo, pero que esconden en el recoveco de sus ojos un brillo de fuerza tal que derrotaría imperios. Los que residen invisibles en los lugares menos publicitados, rojos de violencia y negros de desgracia. Todos ellos no conocen el temor al fracaso, porque con él han compartido todas las noches y sus peripecias, todos los días y sus canalladas. Aún así, sin nada en la cuenta bancaria para respaldarlos, de ellos es el mundo, porque, lamentablemente, de todos los espacios que éste ofrece son ellos los que habitan en el que sangra realidad.  



*  *  *  *  *

*  *  *  *