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Cuatrocientos cincuenta kilómetros de carretera, un sol abrasador y una banda rota. El capote abierto mientras el hombre pretende resolver el problema, un halo de seriedad lo rodea mientras da golpesitos al motor con cierta esperanza ingenua. En el asiento de pasajeros se encuentra la espectadora, con una mano se sostiene la cabeza y con la otra se arroja lentamente aire con una revista, su rostro refleja la desesperanza característica de su género. Horas completas dibujarán esta misma escena, sólo aumentando la intensidad de los golpes.
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2 pedazos:
Oh, la encarnación de mis terrores... el coche en carretera, inconsolable y roto.
Comparto: aquella vez en que la bomba de la gasolina murió en medio de la sierra, me limité a pedir auxilio, con la desesperanza propia de mi sexo.
Buen (obsesivo) texto...
jejeje... al parecer ya sólo tú lees mi blog, gracias. Como sea: esa desesperanza de la que hablas es igual o más productiva que los golpesitos al motor.
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