domingo, 2 de octubre de 2016

GTO



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El zumbido de los ojos al despertar. La piel quebrada por la deshidratación. Un olor penetrante. El rezago de los tragos sobre los dientes. La inmovilidad del mundo permeando las paredes de la habitación. Una cama pequeña, de niño, que no reconoces. Una muñeca perforándote con la mirada. El incremento del tamborileo sobre las cienes. Una voluntad casi absoluta de suicidio. La cartera asaltada. El celular y sus llamadas perdidas. El acoso de la culpa. El recuerdo vago del vidrio chocando, el caminar por los callejones, las mesas y las barras y el vidrio chocando. La muñeca que juzga. Una fuerza que te pide huir. Las quejas de un cuerpo que sufre. El mareo. Avanzar por un pasillo y reconocer un rostro. Cruzar palabras. Hacer pesquisas. Indagar. Salir. Buscar a los perdidos. Tú eres el perdido. Donar dinero a Greenpeace. Un encontrado que durmió en alguna banca. La búsqueda del remedio. El sol abrazante. El tamborileo en las cienes. Un temblor corporal. Los escalofríos. La reunión de los perdidos. La asamblea en torno a los muertos marítimos. Una alegría que desentona. El asco. Voltear el estómago una y otra vez. El veneno. Las risas. Buscar un escondrijo que te reciba. Una nebulosa seductora. El tartamudeo. Los secretos contados. El vidrio chocando. Cerdos agresivos irrumpiendo. Desplazamiento etílico de las palabras. El sueño. El zumbido de los ojos al despertar.

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miércoles, 19 de agosto de 2015

Going the distance... and hit the wall





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Yo soy un caso particular en esto de las relaciones a distancia. Duré algún tiempo en Estados Unidos, saliendo de la prepa, cuando tenía toda la leche en proceso de entrega express, con una novia mexicana. Cuando regresé, no regresé a su lado, sino que fui a otro estado y regresaba para estar con ella todos los fines de semana. Los sacrificios, a lo lejos, no parecen nada. En ese entonces, cada fin me dedicaba a buscar aventón a la orilla del asfalto hirviendo, para treparme en las cajas de camionetas o en las cabinas de los camiones. Conocí  mucha gente así, y me contaron historias encabronadamente fenomenales. Sobre todo los camioneros, que mejor que nadie saben de las relaciones a distancia. Ellos, casi todos hombres de fe, drogadictos y maldicientes, profesaban un amor eterno por su esposa, madre de sus múltiples hijos, de quienes muchas veces tenían fotos sonrientes colgando de las paredes de ese hogar temporal que se desplaza y se aleja. Pero antes de escuchar esas historias, apenas subía al camión, guardaban silencio. Más de uno dejó pasar media hora antes de abrir la boca, y cuando lo hicieron fue para mostrar un cuchillo o una pistola que llevaban oculta en el regazo, porque, aclaraban, temían por su seguridad. Yo, de 21 años, cuando me enseñaban las armas, sentía como se me salía poquita mierda. Después de que confirmaban que yo no era una amenaza, de ningún tipo, y que sólo quería llegar a mi destino, ya fuera para ver a mi morra o para regresar a terminar la carrera, comenzaban a hablar, casi todos con una libertad que sólo se les concede a los cantineros y compañeros efímeros de las cantinas. Me invitaban cualquiera de las chingaderas que se iban metiendo, les decía que no, que lo mío era el pomo; se paraban por unas cervezas, en el mejor de los casos, o me ignoraban, la mayoría de las veces. Ahí, supe que los matrimonios eran exitosos por tres cosas: porque ganaban un chingo de dinero, porque no estaban casi nunca en casa y porque todos tenían dos o tres morras steady en el camino. Dije, pues así, quién chingados no. Efectivamente, la mayoría tenía varias familias, y a todas las mantenían, cómo, no sé realmente, el ingreso de un trailero debe tener sus límites. Eso sí, cuando les preguntaba todos respondían que su esposa era la chida, que eso decía la iglesia y su puta madre. O sea, las otras: se chingan. Si hay que llevar a alguien a los quince años, a la boda del primo, de vacaciones, tiene que ser a la esposa, con un chingo de fotos y un chingo de cheves y un chingo de amor por todos lados.
               Lo que los traileros han descifrado satisfactoriamente, queda en duda para el resto de los mortales, que viven como en esa película de Drew Barrymore y Justin Long, pensando que no se puede llevar el día a día sin saber que esa otra mitad de naranja cubierta de cursilería te está esperando en casa. Así, las relaciones a distancia, se han llenado de un cierto halo de decepción y desesperanza. Son fuente de los más feroces ataques de celos y comúnmente son la principal causa para que dos personas que se quieren y se importan se separen. Los que viven por las reglas sagradas de las relaciones, fidelidad, compromiso y la chingada, son los primeros en desistir, porque la duda, cabrona enfermedad que se trepa por cualquier comisura del inconsciente, suele destruir desde los cimientos cualquier edificio de confianza.

               Por eso, no es de extrañar un fenómeno cada vez más prolífico, las relaciones a distancia, pero sin el viaje. Puta madre, lo dije. Sí, las relaciones que presentan todos los síntomas de la separación espacial sin sufrir de ésta. Y así, sí está cabrón aun para los traileros (cómo carajos podrían tener a dos o tres familias viviendo en la misma privada, ignorando, aunque suponiendo, la existencia entre ellas). Estas relaciones a distancia, surgen por el modo desatado de vida que estos días exige, las largas jornadas de trabajo, la inevitable relación con los compañeros de la empresa, la independencia ganada de cada persona. Todo, todo se acumula en una torre que está destinada al despeñadero. Y qué aprendemos, nada. La puta madre nada, relaciones que se rompen por aquí y por allá a cada rato. Lo bueno de una verdadera relación a distancia, es que uno sabe del mal augurio desde un principio, se sabe el fracaso desde la primera despedida. Los que se resisten a esto son los que sufren, los que asumen la fatalidad la llevan más tranquila. Los que sobrellevan relaciones inmóviles, por otro lado, no saben justificar su miseria. Aunque es fácil, les falta o ganar un chingo de dinero o tener múltiples affaires discretos o emprender furtivamente otra distracción que lubrique esa relación tan significativa e importante. Porque, no nos hagamos pendejos, de todas las especies nos somos la más brillante, tal vez seamos la única que encuentra el gozo en la miseria. Y por qué no, si en una pila tristeza encontramos una chispa de felicidad, hay que aprender cómo compensar la energía pérdida en la búsqueda de alguna manera.  






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sábado, 11 de julio de 2015

Plan para un sábado




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Arañar la piel del torso con la punta de los labios partidos de tanto gritar verdades. Verter en un pozo profundo las nimiedades de las palabras que se escapan vanas. Cercenar las lenguas de los pastores y liberarnos de su yugo. Traicionar la moral en busca de la aventura. Descalabrar a los transeúntes con botellas arrojadas desde la ventana de un departamento. Vaciar los pulmones en alaridos que persiguen una tonada. Escalar las faldas de una cascada verdeazul en medio de la nada. Desgarrar las tripas del jaguar como declaración de principios. Sumergir en espacios saturados de vicio la mirada roja. Nadar con los dedos en fragancias adormecedoras. Probar el aire en bocanadas robadas. Enredarse con botellas en una crin azabache. Fusionar las drogas de las miradas. Con…sumir… se.


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viernes, 3 de julio de 2015

Nightcap





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El tiempo todo lo pervierte. Los ciclos son una invención de las mentes débiles que quieren anidar en un pasado ya putrefacto. Se justifican románticos, pero la realidad es que cuando la cama te escupe por la noche, hoy se recurre al teclado. Los que cargan pluma y vela deberían ser asesinados. Unos pasan directo a las redes sociales, otros, como yo, hoy, ahorita, empiezan la ruta en el congelador, con los cubos de hielo; en la alacena, con el whisky del estante de abajo, y con la pesquisa por los restos de cigarros en las bolsas del pantalón, en el maletín del trabajo, en el carro. Todo para sentarse en la misma silla de la que quieres escapar todos los días, sólo por la certeza de que el mismo cuadro nunca es el mismo visto a las tres de la mañana, cuando los perros se han callado. El despoblado tiene como ventaja que guarda el silencio, como si se quisiera esconder de las máquinas que avanzan tenazmente devorando. El silencio, por su lado, permite que la mente corra desaforada, para eso está el whisky que evita que el pensamiento agarre viada. ¿Para qué quiere uno los recuerdos si no hay forma fiel de retraerlos? Los muy escurridizos bastardos nunca se dejan asir, ni con trago ni con nada. Como las mujeres, se dejan apreciar un rato y después se van, contoneándose hasta el precipicio del olvido. Algunos vuelven y otros no. Los más no, los menos regresan y no cuadran, nunca cuadran. Cualquier lesión es un cambio. La memoria no las registra, perra burocrática, biblioteca de pedacería inservible, que se postula como cosa seria y necesaria y sólo es un recurso que consume mucho gasto y da pocos resultados. Porque, para ser sinceros, sólo pocas personas pueden encontrar en los ojos de una dama una mentira bien fabricada; los demás debemos padecerla por años como verdadera, todo gracias a una pequeña errata en las formas que se sometieron en ventanilla. No hay forma de quejarse. Burocracia a final de cuentas. Lamentablemente todo, siempre, es el pasado. Y aun con todos los formularios, las ideas que regresan son sólo ideas. Los labios que besaste son sólo la idea de los labios que alguna vez besaste, pero lesionados, trasgredidos. Me gustaría ser un romántico, pero el tiempo me ha enseñado que sólo son patrañas con un buen plan de mercadotecnia. Me gustaría tener una memoria perfecta, pero sólo la idea me aterroriza. Una pila de libros se congrega del lado izquierdo; del lado derecho una pila de copias jamás leídas. Torres de papel que significan nada, ideas que irán a parar al vacío. El pusilánime intento de éxito. El reto constante de escapar de lo dicho, del recuerdo, de la memoria, y el inevitable y contundente fracaso. La terquedad de vaciar en letras los pensamientos como el punto más bajo al que puede llegar un humano. Heme aquí, en el punto más bajo. Los niños y los locos son los únicos que lo tienen descifrado. Quisiera ser loco o niño o ambos. Tener la posibilidad de prender fuego a las casas y a la vida sólo por el espectáculo. 


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martes, 23 de junio de 2015

De lo que se puede hacer




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De los labios más secos e inexpertos, se pueden extraer con paciencia monacal los deleites más perturbadores y excéntricos. De los ojos rasgados hasta las fronteras de lo permitido, se puede vaciar el cuerpo en suspiros o anclar el alma frágil a la mirada. De los dedos de los pies, se pueden explotar, como minas, las risas. De las curvas imperfectas, se puede hacer un camino transitable, con vistas que hacen brincar los latidos. Del cabello negro y largo y ondulado, se puede trepar a los sueños. De las pantorrillas, se puede hacer un bocadillo para los gustos más exquisitos o utilizar como terreno para acampar y planificar el asedio. De los senos trémulos, se puede hacer un objetivo, una gloria, una vida. De la guerra eterna interna, se puede hacer un papalote para volar con los vientos marítimos de los motivos relevantes que se despliegan entre tus piernas. De las lágrimas y las gotas de odio que se derraman cada día, se puede llenar el corazón más saludable pero también los almacenes del olvido. De las cosas que uno imagina, se pueden pintar las paredes y las calles, los parques y los estacionamientos. De las palabras, uno puede hacer lo que se le dé la rechingada gana. De los martes…   



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martes, 24 de marzo de 2015

El abrevadero de la imaginación



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Yo, parásito universal de la vida, deambulo por los días cuestionando para mis adentros asuntos sin importancia. Como compañera de cartas, mi mala memoria juega burlonamente con los recuerdos imprecisos. Sin embargo, tengo muy presente que la infancia es el lugar donde la imaginación no tiene fronteras. Recuerdo, a lo lejos, y casi en un color sepia, que me solía perder en los rostros que se formaban en las vetas de la puerta de madera del baño de la casa de mis padres. Rostros de sultanes y ogros, brujas y hadas, asesinos y madrastas, que estaban ahí, certeros, indicando con cada arruga de su semblante una parte significativa de su historia. Recuerdo que por las noches, en el cuarto que compartía con mis hermanos, el faro de la acera de enfrente filtraba por las comisuras de la ventana una luz mortecina que hacía que el tirol del techo esbozara terroríficas escenas. Recuerdo esconder la mirada bajo la cobija y pensar que corría por entre las plantas de tomate en el rancho que mi madre me dijo que alguna vez tuvo el abuelo. También solía ver los caballos que, según, recibimos de obsequio, el mío era un alazán con una mancha blanca en la frente. Recuerdo, vagamente, el crispar de la piel cuando tenía que ir al baño en la madrugada y el reflejo nocturno de algún vidrio me impedía vislumbrar del otro lado a algún posible y burdo atacante. Dormía, es claro el motivo, con una navaja de bolsillo bajo la almohada -siempre pensé que mi hermano menor tenía mejor temple para usarla, ahora ya no sé, he cambiado-.
Mucho antes, apenas en el comienzo de la cordura, solía construir casas de lodo, madera y piedras en los recovecos del patio para que las criaturas que ahí vivían tuvieran un hogar apropiado, si ya no existen estos seres es porque éstas se derrumbaron. Mi padre, espécimen raro entre los humanos, fomentaba las inquietudes creativas y surrealistas de esta etapa tempranera con una pila de pedazos de madera y unos clavos. Mamá se preocupaba por los dedos hinchados y por las lágrimas inevitables, lo cual sin duda fue frecuente y provocó más de un desacuerdo  pero, al final, ambos se reconfortaban al ver las sonrisas que provocaban los castillos, las fortalezas y las carreteras de 10 pisos para los carros que eran fichas de refresco oxidadas. Entre los destellos que me deja entrever la memoria, rodeado de pellizcos a estos cachetes que no disminuyen de tamaño, recuerdo que había casas que olían a huevo y otras que tenían los elementos necesarios para que los Grimm las describieran en sus páginas. Había una casa, entre todas éstas, casi tan vieja como la dueña, que tenía pasillos estrechos e interminables, oscuros y húmedos, con muebles de madera heredados por generaciones. En el corredor principal había un tocador cuyo espejo estaba decorado con rostros tan angelicales que en la penumbra daban miedo –todo lo bueno a media luz se pone en sospecha y todo ahí se encontraba entre sombras–; múltiples mesas de café, provistas de figurillas de porcelana de los temas más variados (payasos, bailarinas, campesinos); decenas de sillas y bancos que servían para todo excepto para tomar descanso; espejos desteñidos y amarillentos reflejaban los ojos sin vida de los retratos colgados; las pesadas cortinas se desplomaban hasta el suelo y emanaban un polvillo fino y alérgico; al fondo, como pieza principal, se encontraba una silla con un respaldo de un metro, de bordes rectos, como aquellas en las que electrocutan a los presos en las películas. Casi no recuerdo nada de esa casa, porque todo me daba miedo. No obstante, fueron los privilegios de la inocencia los que me permitieron creer  con fervor en el hombre misterioso, posible asesino y ladrón, que nos asustaba en casa de la abuela y que me recordaba en cierto sentido al personaje principal de una de las historietas que solía comprar llamada Fantomas. El perpetrador resultó ser una estrategia de castigo improvisada por el ingenio femenino que nos cuidaba por las tardes. “Juego de manos es de villanos, cálmense o va a venir el hombre de la capa”, se oía desde el fondo de la casona con una voz dulce pero firme. Después, con los años, los primeros involucrados admitieron que toda esa historia (que mis tíos ya habían relacionado con un hombre que cortejaba a una tía abuela de alto linaje, con un amorío no consumado, un engaño, una decepción y con la historia del tesoro lapidado en las paredes del baño)  se originó  en verdad sólo por una combinación que incluía una cortina movida descaradamente por el viento, la noche y el miedo que todo lo desconocido produce en unos ojos poco preparados. Los años y la experiencia son asesinos naturales de los sueños.
¿Quién no imaginaba una historia de proporciones descomunales con el simple aleteo de una hoja de árbol, o con la silueta de éste, o de una nube, o de las formas irregulares de los mosaicos que se desplegaban bajo las suelas de los zapatos? Todos los sentidos estaban en disposición absoluta de la imaginación. Sin embargo, crecer cada vez requiere menos años y este privilegio muere poco a poco cuando llega la pubertad y los objetivos son más carnales, más prácticos. Ya no se construyen horizontes con cascadas interminables y montañas coronadas por míticas criaturas; en cambio, se esbozan curvas blancas, muslos cálidos, bocas rojas y sensuales. Ya no se trepan árboles interminables y se plática con seres extraños de fisonomía inclasificada; se erigen planes y estrategias soporíferas, por verdaderas. La selva interminable de la infancia se comienza a talar para dar paso al pastoreo y el cultivo agrario. Una pérdida infranqueable, debo decir. Es por eso que de los adultos, los más extraños son aquellos que pueden viajar sin boleto y sin reservación, a cualquier lado y en cualquier momento, con un solo pestañeo de la mente. Hay otros, distribuidos con cierta escasez en el globo, que disimulan una normalidad ajena, probada y aprobada, para no desplazarse mucho tiempo del espacio que ocupa su cuerpo; viven, tristemente, negando el privilegio que gozan. Más comunes, son aquellos seres explotados que trabajan día y noche tras los rastros de otros exploradores, empecinados con una ruta que creen viable, armados con picos y palas y machetes; hay quien carga brújula, hay quien lleva mapa, hay quien confía en las estrellas y aquellos que se salen del sendero a propósito; su escualidez, en muchos sentidos, no niega su espíritu aventurero. El resto vive de las migajas que estos últimos producen; son, por desgracia, los más comunes y van por la vida anhelando cosas ajenas, soñando casas vistas en televisión, buscando príncipes azules, gallardos y sinceros que montan Ferraris, y princesas de vestido rosa, con el himen intacto y la gracia incuestionable, que se promocionan en los canales nacionales; son los carroñeros de la imaginación.  Hoy en día, lamentablemente, hemos logrado alejarnos hacia una pantalla dictadora de emociones. Fantasías reales, les llaman los cibernautas; barrotes especializados, les llamo yo. La fuga es cada vez más improbable. El método se hace cada vez menos accesible. Las ganas casi nulas. La infancia, espacio protegido, fue puesta descarnadamente a la venta, y hoy se puede apostar con ventaja a que no hay salvación.





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sábado, 28 de febrero de 2015

Twenty4




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Las demostraciones de pasión falsa se acumulaban en el ropero de las noches, en lo que parecía una penitencia aceptada por costumbre. Rozaba las manos, discretamente, evitando los ojos quisquillosos del espejo. Las mañanas se fugaban en la rutina del escape, la puerta el objetivo, el maquillaje del disfraz desgastado. Todo para salir a recorrer las rutas con la seguridad de la memoria, esperando en secreto un descarrilamiento, un asesinato, una roja figura curvilínea contra corriente. Sonreía en las esquinas, a lo lejos, ante ambulantes ojos verdes o estrafalarios e intrigantes vestidos recortados. Se desplazaba con pasos aprendidos sólo para opacar los pensamientos libertinos del sueño ambulante, necio. La tarea inevitable de la vida aceptada. La circulación de las horas en una punching card amarillenta. La cordialidad de no romper la madre a los superiores. El piano de las letras en una composición ajena, sin alma, sin futuro. Manuscritos olvidados en cajas dentro de gigantes almacenes que sirven propósitos egoístas. Los rostros perdidos en abstracciones se alzan ciegos ante la sombra que se desliza por el laberinto abrumador azul y gris. El timbre que finge libertad suena exhortando con engaños. El peso anudado en la espalda. El sobar las aceras con las suelas, despacio, casi coquetamente. El destino: la puerta, la cama, el ropero. La alegría: rozar las manos.  




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